domingo, 14 de octubre de 2012

El Quincunce de Charles Palliser



"En la gran tradición de Dickens , con el
genio juguetón de la más intrincada y
brillante trama policíaca, he aquí una
novela inmensa cuyo planteamiento es a la
vez un desafío para la inteligencia del lector
y una puesta a prueba no sólo de su propio
ingenio sino de su fuerza de voluntad:
nadie, que se sepa, ha logrado interrumpir
la lectura de este inaudito éxito
internacional -cualquiera sea la lengua en
que lo haya intentado. El Quincunce , de
Charles Palliser , en sus 1200 páginas y sus
cinco partes, a saber:
La herencia
Los aledaños del infierno
El destino de Mary
La clave perdida
El secreto de las cinco rosas
constituye un prodigioso tour-de-force
narrativo en el cual el autor, mediante el
rigor de las matemáticas, los intringulis del
derecho ingles del siglo pasado y su
asombroso conocimiento de la sociedad
inglesa de entonces y de la naturaleza
humana de siempre, invierte los términos
de la clásica novela victoriana para dar
cabida al universo socioético de hoy. En
este vasto lienzo literario surgen, con
insoportable vividez, las terribles realidades
de una sociedad profundamente injusta -
tanto en los albores de la revolución
industrial, que es cuando tiene lugar la
historia, como hoy en día, que es cuando,
irresistible, se ofrece a nuestra atónita
lectura"

Jaime Sobejano

domingo, 7 de octubre de 2012

Escritor sin enredos



Días de gripe y fiebre. Hoy es el 5°, y tras doce horas de cama sigo con fiebre. La rebelión del cuerpo contra el espíritu vence la mano: apenas he leído en estas jornadas, y queda la sensación vana de que no han servido de nada. En los escasos momentos de lucidez avanzo en la lectura de Nicolás Gómez Dávila, un exquisito y adinerado colombiano que dedicó su vida a su propia educación, viviendo entre miles de libros, devorando páginas, fumando puros y escribiendo pensamientos de apenas una línea de longitud (si la posibilidad de escritura le hubiera acercado al cero, seguro que la habría aprovechado). Escritor de aforismo, cualquiera lo trataría como un Niezsche del 'realismo mágico'. Pero resultaría tal un juicio apresurado: aristócrata, ironista, aburrido de la mediocridad propia del pensamiento moderno y de la democracia, pero también profundamente católico, y con una ortodoxia que a más de un 'reformador' de salón le pondría nervioso. Y es que no hay duda de que Gómez Dávila dice breve, pero siempre con invitaciones al asombro. Franco Volpi prologa con maestría el volumen de Atalanta titulado 'Escolios a un texto implícito' (Girona, 2009, 1407 pp.). Te acerco algunos ejemplos de los textos de las primeras 140 hojas:


- Negarse a admirar es la marca de la bestia.

- Todo es trivial si el universo no está comprometido en una aventura metafísica.

- Ni la religión se originó en la urgencia de la solidaridad social, ni las catedrales fueron construidas para fomentar el turismo.

- Las ideas confusas y los estanques turbios parecen profundos.

- El antagonismo radical entre los hombres se delata en la manera como unos, al hablar del placer, despegan hacia la metafísica y los otros hacia la fisiología.

- El alma crece hacia adentro.

- No vale la pena escuchar a quien no pueda prometer un presente eterno.

- Los críticos patriotas se inventan genios de la literatura pobres. Nada daña más el gusto que el patriotismo.

- El hastío no es fruto de la posesión prolongada, sino del contacto fugaz con mil objetos.

- Rechazar todo lo que el mundo actual predica sería presuntuoso, si desde los hexámetros de Homero hasta los últimos versos de Yeats toda la literatura de Occidente ni predicara lo contrario.

- Ser joven es temer que nos crean estúpidos. Madurar es temer serlo.

- El prestigio de la libertad en esta sociedad que profesa un determinismo científico es un regazo cristiano.

- La tiranía de un individuo es preferible al despotismo de la ley, porque el tirano es vulnerable y la ley incorpórea.

- No hablo de Dios para convertir a nadie, sino porque es el único tema del que vale la pena hablar.

Y sigue, y sigue, y sigue: un hombre rico, desde su casa biblioteca, poniéndose el mundo por montera mientras canta verdades y no le importan ni su publicación, ni su índice de impacto: paidea, aristós, areté, las tres grandes palabras realizadas en uno solo.

Ahora, a continuar durmiendo.



Javier Aranguren


jueves, 27 de septiembre de 2012

Indiferencia y soledad.




Leyendo hoy el capítulo segundo de Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoyevsky, me llamó la atención un personaje, Piotr Petróvich Luchin (prometido de la hermana del protagonista, Raskólnikov). Postulaba, ante este último y dos compañeros suyos, que la mejor manera de contribuir con el crecimiento económico y moral de la sociedad, era preocuparse por uno mismo; decía que solo encerrándose en el mundo de los propios intereses podía uno ser útil a la comunidad. Al leer esto me asaltó un pensamiento: el hombre que se propone estar solo, se vuelve menos humano.

Una sociedad basada en el egoísmo me resulta vacía. El hecho de que se conciba que el amarse a uno sobre todo lo demás; el buscar ante todo el interés personal; en una palabra, el encierro en uno mismo, pueda llevar a un desarrollo saludable individual y colectivo, es indicio claro de que se ha perdido el verdadero sentido de la donación personal.

Ya se han visto muchos casos, y se ha escrito suficiente, acerca de lo que significa y conlleva la despreocupación en cuanto al propio entorno social –aunque esté disfrazada de ese “quiero ayudar a los demás así”–. En resumen, la persona                 –esté en la situación que esté– que se aísla, pierde poco a poco la sensibilidad hacia lo ajeno, la capacidad de identificación con el sufrimiento de los demás, y, finalmente, termina por transformarse en un elemento solitario dentro de una maquinaria que debe operar como un conjunto de partes que conforman un todo sensible.

Sal a la calle y podrás verlo: cómo aquel peatón suelta sin querer algo en medio de la calle y nadie se detiene a ayudarlo; cómo aquel conductor pasa por el hombrillo de la autopista mientras otros hacen la cola; cómo aquel anciano va de pie en el autobús y nadie le ofrece su asiento… Todas son manifestaciones de la misma enfermedad, con la que estamos ya familiarizados. Que existe una indolencia que acaba con la solidaridad, lo comprobamos con angustia día tras día. Y a la luz de éstas afirmaciones es necesario preguntarnos: ¿Es justificable la propuesta de Luchin, de actuar siempre por propio interés? ¿No es acaso esto egoísta?

Recuerdo el disgusto que me produjo el escenario de La Metamorfosis de Franz Kafka –no pretendo profundizar en su contenido sino en la situación que presenta–. Aún puedo imaginar con tristeza cómo Gregorio (o eso en lo que se convierte) se retuerce en la desidia de su habitación inmunda; adolorido, hambriento; su padre lo aborrece, su madre siente repugnancia hacia él. Su hermana, la única que se ocupa de él, ya ni siquiera se interesa por saber cuáles son las comidas que disfruta; o si prefiere los muebles en tal o cual posición –¡su propia hermana!–. Intenta comunicarse, pero en vez de palabras emite chillidos intolerables a los oídos de los demás… De su propia familia…  Al final, eso termina siendo quien se quita a sí mismo la oportunidad del trato afectuoso, un insecto, incapaz de comunicarse. Porque el ser humano es más que realizar funciones básicas; comprende más que todo el trato con personas que comparten nuestra misma naturaleza. Y en esto le tomo la palabra a Savater, en que el hombre se humaniza humanizando, con el trato.

Por fuerza debemos –nos lo exige esa nuestra naturaleza de animal social, como dijo Aristóteles– esforzarnos por salir de nuestra burbuja. Si bien la mayor parte de las cosas que suceden a otros –sean buenas o malas– no tienen nada que ver con nosotros, basta muchas veces con una palabra, un brevísimo gesto, para hacer sentir mejor a ese que está al lado. No se le pide a nadie que sea voluntario en Haití, ni que se una a la Cruz Roja, ni que se vaya a misionar en África (aunque todo esto sería estupendo). Lo necesario no es un gran esfuerzo, un paso gigante. Conviene más ese pequeño y brevísimo gesto, que, a diario, y en conjunto, se vuelve magno.  

Cuando se empieza a examinar a fondo –aunque sea un poco– eso que nos parece el bien propio, nos damos cuenta del sentido de la verdadera amistad y de la caridad. Porque entendemos que ese bien, que creíamos ver sólo en nosotros, se encuentra en la donación personal que mencionábamos al principio. Y de pronto encontramos tanta gratificación cuanto más salgamos de la burbuja. Claro que se va lento, como una tortuga sacando la cabeza del caparazón para ver si no hay peligro.
Antes sería difícil imaginar gratificante esperar en la cola, ceder el puesto en el autobús; pero ahora que podemos entender todo esto mas allá del sencillo deber de hacerlo, que se nos enseña desde niños, reconocemos en cualquier acto por el estilo, por pequeño que sea, un verdadero bien, para nosotros y para el colectivo. Y podríamos hasta llegar a comprender cómo, voluntariamente, nuestras madres decidieron llevarnos nueve meses dentro de ellas (un desentendido, como quizás lo éramos tú y yo, pensaría: ¡Qué fastidio todo aquello! ¡Qué locura!).

Sólo reconociendo el bien propio en el común a todos, y, en especial, en ese que generalmente tenemos más cerca, veremos la luz de una verdadera sociedad que, basada en la amistad y en el amor, se alzará sobre cualquiera que pretenda hacer ver al hombre como un elemento aislado y solitario desde su concepción.



Diego García.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Algunas joyas de la Universidad



En mi visita por la Universidad de Bolonia, Italia. Es considerada la primera universidad del mundo.

Hace unos años, apenas estaba empezando mi carrera, un amigo quería que lo aconsejara sobre si valía la pena estudiar en una universidad. Creo que en aquel momento no pude ayudarlo mucho. Ahora, a pocos días de mi acto de grado para obtener mi título en Licenciado en Comunicación Social, quiero intentar nuevamente responder a esa pregunta por si mi amigo u otro todavía tienen la duda.

domingo, 22 de julio de 2012

Discurso de graduación (5to año de humanidades, Colegio Los Arcos)



Ya han pasado once años, ¡once años! donde hemos compartido, convivido, aprendido, y peleado. Once años donde nos hemos formado; once años donde nos preguntamos muchas veces cuándo llegaría este momento.

Del cine clásico... a ESTO






El cine, como todas las artes que componen la cultura, ha ido poco a poco perdiendo su sentido humano. Quizás es sólo una obligación que impone el tiempo; quizás es sólo una necesidad que pide el público, lo que hace que aquel “arte” suponga un éxito meramente comercial.

Entonces podemos decir que el arte se amolda a los caprichos de las distintas épocas. Y así como una generación era capaz de entretenerse con los clásicos, con lo trascendental, nosotros nos hemos podido entretener con películas mediocres, donde un disparo y una mujer bonita son suficiente motivo para quedar idiotizados frente a la pantalla.

Sin embargo, es más que lógico justificar lo que digo; hacer una muestra factible de cómo el mal cine se ha apoderado de todas las salas… ¡Sobre todo de ellas!... Y cómo le hemos dado importancia a películas de moda o comerciales que a las pocas semanas dejan de ser recordadas,  hasta tal punto de no poder distinguir una buena de una mala película. Y así también, valga la contradicción, cómo hemos tenido en nuestras manos obras magistrales ¡Buen cine! Pero que sin duda hemos despreciado en su mayoría.

El ejemplo perfecto del buen cine moderno ha sido llevado a la pantalla el año pasado con directores como Tate Taylor, Michel Hazanavicius y Martin Scorsesse. El primero de ellos con The Help, dando a conocer una excelente actuación; el segundo con The Artist, mostrando el verdadero arte del cine. Y por último, no menos importante: el fabuloso Hugo. Siendo este film, más que un homenaje al cine y a la literatura (a la cultura), un homenaje a lo humano, una representación amplia del significado de la vida, una demostración exacta de un clásico moderno, de una obra que trasciende, que no se queda en el mero entretenimiento sino que va más allá. Moderno, pues sabe usar los medios que proporciona el avance del cine de la manera ideal, permitiendo que la historia sea el fin y que estos medios sean tan sólo medios.

Y así como existen obras extraordinarias también hay obras realmente malas, que muchas veces no logramos distinguir de las primeras. Hablaré algo sobre las películas de superhéroes, que son las que al parecer gustan más al público, pues proporcionan disparos y mujeres bonitas… Lo que cualquier espectador novato busca en la pantalla.

La única película de héroes que se ha logrado salir del concepto infantil y puramente comercial de superhéroes, ha sido (quizás porque es la única buena que he visto) El caballero de la noche. Una película, (que además de tener lo que tiene cualquiera de este tipo de films), que logra  ser intrigante, humana, con buenas actuaciones, ¡bien hecha! En cambio, a diferencia de Batman, encontramos también las malas películas: La linterna verde, El avispón verde, Soy el número 4… Y, sin duda alguna, aunque sé que enfurecerá a algunos: la última película de Spider Man.

Veamos por qué esta película se puede considerar como mala…

Quien ha visto suficientes clásicos comprenderá qué es lo que hace buena a una película. Primero se necesita, claro está, un buen guión. Luego se buscan los actores, y de ahí en adelante todo dependerá del director, de las actuaciones, y de los otros factores que supone hacer una película.

Si quieren ejemplos de buenos guiones que han sido representados con excelentes actuaciones, aquí les doy algunos: ¡Qué bello es vivir!, El Juicio de Núremberg, Sunset Boulevard, Testigo de Cargo, All About Eve, Casablanca, I confess, La Ventana Indiscreta, Lo que el viento se llevó, Qué pasó con Baby Jane, etc., etc… películas que con historias al parecer tan aburridas, tan sencillas y de bajo presupuesto (aunque no todas las nombradas), han sido puestas en pantalla con completa maestría.

¿Y a qué quiero llegar con tantos ejemplos? Pues a poder justificar con otras películas el hecho de que el guión del último Spider Man es realmente malo (por no decir otra cosa). Y quizás es esto lo que haga que las actuaciones del reparto sean tan débiles (no así como la primera de la saga pasada, con Tobby Maguire y Kirsten Dunst). Asimismo, y no exactamente por culpa del guión, no hay ninguna fusión entre Emma Stone y Andrew Garfield… ¡Sí! La historia de esta película es más estrecha al comic, pero la anterior tenía, sin duda alguna, mejores actuaciones y una mejor adaptación de la historia. Pues una cosa muy distinta es contar un buen cuento que contar bien un cuento.

Luego tenemos las innumerables películas de miedo. Todas parecen competir por un Oscar caduco. O películas realmente RIDÍCULAS, y se puede decir con suficiente franqueza, como El último día de la humanidad. Hay otras que por simple contenido son malas, ya que no transmiten absolutamente nada y que para colmo degradan nuestra naturaleza humana. La Naranja Mecánica (Éste es un ejemplo perfecto de cómo los medios se imponen al fin; siendo una película simplemente estética en el empleo de los medios, pero nada trascendental sino mas bien degradante en el contenido), por ejemplo, o Crepúsculo… sin comentar mucho acerca de lo que puede ser el libro: una de las basuras más caras que proporciona la moda literaria, que la tomas, la lanzas y luego no vuelves a leer más nunca en tu vida… O al menos espero que el ingenio de lectoras adolescentes dé para más…

Y así como el mal arte nos roba el dinero y nuestro valioso tiempo, logra aportarnos… ¡NADA!, pues le quita toda posible humanidad que atente contra el entretenimiento idiotizado de senos y pistolitas. Porque son películas dirigidas a un público tan sólo capaz de divertirse con eso… y, al parecer, el común de los espectadores, actualmente, hemos respondido ante tales requerimientos vergonzosos, ante aquel nivel tan bajo. Nos hemos convertido en un público incapaz de apreciar al verdadero Séptimo Arte que, más allá de poder rebajarse a un arma letal contra nuestra propia naturaleza, puede engrandecer lo más digno del hombre, hasta tal punto de cambiar vidas; de ascender el sentido humano a través de la verdadera belleza.

A.F.