Montag es un bombero, un bombero muy peculiar. No apaga incendios, los prende. Él y su ejército se dirigen a un objetivo, a un enemigo en común. Éstos son los libros. Esos objetos que desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios. Que no les permiten ser felices porque llevan a pensar, a recordar y a reflexionar. Porque todo aquello evita que un ser sea espontáneamente feliz y, por lo tanto, a ser inocentemente y “verdaderamente” feliz.
lunes, 11 de mayo de 2015
sábado, 24 de agosto de 2013
El Promedio Académico
La idea de lo que implica un promedio
académico se ha intentado enfocar de maneras bastante realistas. No obstante,
al llevar dicha idea a la práctica, se deforma a tal punto que el promedio
académico termina por ser un concepto totalmente ambiguo. Para los estudiantes,
como lo es mi persona, un promedio representa simplemente un estímulo para impulsarlos
a sobrepasar sus propios límites, aunque pueda causar el efecto contrario
llegando incluso a ser motivo de depresión para algunos. Sin embargo, también
el promedio académico es una representación cuantitativa de los conocimientos
del alumno, lo cual le facilita a los interesados una visión de sus capacidades
con miras al futuro.
Existen, a mi criterio, dos tipos de
estudiantes: El estudiante tradicional y el estudiante analítico. El primero
utiliza como principal herramienta de estudio la memorización, mientras que el
segundo busca el por qué de cada concepto. Creo que el método analítico es el
más efectivo para un saber realmente provechoso, que nos ofrezca una mejor
preparación ante las diferentes situaciones de la vida.
Al
respecto, quizás algunos profesores contradigan mi opinión, pues valoran más la
capacidad de memorización en sus alumnos que la puesta en práctica de los conocimientos
adquiridos. Sólo hay que observar un examen y analizar las preguntas formuladas
en el mismo, y preguntarnos cuál es el método más utilizado para obtener la
nota máxima. La respuesta es: memorización, pues el hecho de formular un ítem para
que el alumno escriba un concepto determinado no representa un desafío si la
definición ya está memorizada.
No obstante, estoy casi seguro de que si
a uno de esos alumnos se le coloca en una situación de emergencia en la cual
deba utilizar sus conocimientos para saber qué hacer en el caso de que una
serpiente pique a un compañero, por ejemplo, tendría que evocar la definición
que memorizó anteriormente sobre el veneno de una cascabel y cómo retrasarlo,
y, posteriormente, traducir esta definición a palabras que sean perfectamente
conocidas por él mismo; sólo traduciendo el concepto a su propio lenguaje, en
ese momento, podría ayudar a su amigo. Según mis cálculos, lamentablemente,
para el momento en que esa persona haya realizado semejante proceso, ya su compañero
habrá muerto.
Los estudiantes analíticos se esfuerzan
cuando se les presenta una prueba de memorización, pues para ellos es un
desafío expresar la definición con sus propias palabras y que sea equivalente
al concepto original. La peor parte es que, al final, el alumno tradicional
obtiene la nota máxima sin ni siquiera el tercio del esfuerzo del alumno
analítico. El primero quizás obtenga un 19, mientras que el segundo se tendrá
que conformar con un modesto 16 por el esfuerzo.
Claro está que hay quienes realizan una
especie de transacción entre lo analítico y lo tradicional, pues el ser humano
siempre buscará el camino más fácil para llegar a un mejor resultado. Algunos
maestros nos han dicho que no debemos elegir el camino más fácil, pues normalmente
trae consecuencias desagradables; pero mientras ellos realizan semejante afirmación,
terminan, indirectamente, promoviendo lo contrario. Hay que advertir que las
evaluaciones de memorización pueden causar una gran controversia en la mente de
ya sea un adolescente como un niño, pues ellos necesitan ser educados por
personas que respalden sus palabras dando ejemplos, ya que están pasando por un
período de desarrollo en el que necesitan ser instruidos por personas que estén
seguras de sus palabras. Estas enseñanzas deben servir para que cuando las
personas estén en su máxima etapa de desarrollo, puedan tener sus propias
opiniones que beneficien a una sociedad con tantas necesidades.
Apoyándome en estas críticas, considero
necesario persuadir a todos los maestros y profesores a que adopten un método
de evaluación distinto a la memorización; y para los alumnos, sean siempre alumnos
analíticos, pues esto les va a traer una recompensa, y, aunque tengan
profesores que evalúen con el método tradicional de memorización, sigan
estudiando con el método analítico, y sigan teniendo un pensamiento rico en
inteligencia y en capacidad de dar una opinión crítica. No se obsesionen con
los promedios si sus resultados no son tan atractivos como los esperaban, pues
siempre la tentación les inclinará al camino fácil. Ignora dicha tentación, y
sigue nutriendo tu pensamiento.
Juan Diego Fernández Lebrún
martes, 30 de julio de 2013
La Vinotinto, un asunto de Estado.
Recuerdo que a pocos meses de asumir su
cargo como seleccionador nacional, Richard Páez solía bramar ante los medios de
comunicación con una petición inusual: quería una reunión con el Presidente de
la República, es decir, con el mismísimo Hugo Chávez. Y a quien lo interpelaba
procurando conocer los motivos de esa peculiar entrevista, le espetaba siempre
la misma respuesta: “Es que el fútbol en nuestra época es un asunto de Estado”.
Por aquel entonces –principios del nuevo milenio- nadie imaginaba que el
exfutbolista y médico traumatólogo iba a ser el artífice de un boom sin
precedentes en la historia de nuestro fútbol y que todos los políticos, como
suelen atribuirle a Mahoma, ya no esperarían que la montaña acudiera a ellos,
sino que ellos mismos irían a la montaña. La montaña, en este caso, vestía de
vinotinto y gracias a una serie de victorias resonantes contra otros
seleccionados de la Conmebol se había convertido en una cumbre apetecible por
nuestros más connotados alpinistas. Por obra de Páez y sus “lanceros”, empezó a
difuminarse una larga historia de fracasos y humillaciones en el deporte más
popular del mundo, acaso sintetizadas en la escueta frase del recordado
dirigente brasileño Joao Saldanha: “El fútbol venezolano es un chiste”.
Sin embargo, en sólo unos años, esa
selección que había sido durante décadas el hazmerreír de sus adversarios
devino pronto en un dolor de cabeza para sus similares en el continente: en las
eliminatorias del mundial Corea-Japón (2002), Venezuela derrotó de manera
convincente y con una sólida propuesta futbolística a Uruguay, Chile (primera
victoria como visitante), Perú y Paraguay. Y en el año 2004 obtuvo, quizás, su
triunfo más resonante hasta la fecha: el 0-3 en Montevideo pasaría a ser
recordado en la historia de estas competiciones como “El centenariazo”, en
clara alusión a la célebre victoria de los uruguayos en el Maracaná durante la
Copa del Mundo de 1950.
Pero
haber puesto fin a la cadena de reveses no fue el mayor de los logros de esa
oncena vinotinto. En un país agobiado por una severa polarización política, la
selección nacional se convirtió en uno de los pocos referentes unitarios
indiscutibles. Y cada uno de los intentos de querer llevar esa crispación al seno
de nuestro combinado ha fracasado hasta ahora. A diferencia de otros símbolos y señas de
identidad que aluden a parcialidades políticas, llevar la franela vinotinto es
sinónimo de consenso, de armonía y de sentido de pertenencia hacia una causa
que, sabemos, nos trasciende desde el punto de vista individual y cuenta aún
con la fortuna de no ser juzgada con recelo por ninguno de nuestros
coterráneos.
Después del primer boom vinotinto y,
sobre todo, tras la Copa América de 2011 (que inició un segundo boom) se
hicieron patentes, sin embargo, un par de demonios que la vinotinto y sus
seguidores deberán tratar de exorcizar a toda costa. El primero es el
triunfalismo, sin duda una actitud nefasta no digamos en el deporte sino en
cualquier tipo de contienda: creerse ganador antes de tiempo –dice un amigo
mío- no es sólo hacer frente a la desilusión como le sucede al optimista, sino
también exponerse al ridículo. Esperar lo mejor y prepararse para lo peor sigue
siendo un consejo válido en este tipo de escenarios. El otro es el nacionalismo
exacerbado: ningún juego de fútbol puede servir como pretexto para incubar
sentimientos de odio hacia otro país, o para dar cobijo al insulto procaz (este
último casi siempre guarecido en el anonimato que proveen las redes sociales)
hacia los seguidores del rival de turno. Esto no significa que no tengamos que
hacernos respetar cuando se nos ofenda desde la acera contraria: es dable
esperar que cada Faitelson encuentre su Richard Méndez que le calle la boca y
cada Ortigoza un Miku que le dé su coñazo…
El gran Jorge Valdano acuñó alguna vez
una frase que siempre es traída a colación por los “filósofos” del balompié: El
fútbol es un estado de ánimo. En cierto modo, la cita es también oportuna
cuando se quiere hablar de la identidad de un país. ¿Cómo pasar de una
mentalidad perdedora a otra victoriosa? ¿Cómo vencer los atávicos complejos de
inferioridad que sentimos al rivalizar, en cualquier terreno, con alguna gran
potencia que nos ha doblegado históricamente? ¿Cómo mantener la unión de un
grupo y hacer que éste prevalezca sobre las diferencias y los intereses
individuales? Son preguntas que, a pesar de algunos tropiezos, la vinotinto ha
podido responder con acierto. Le resta a la sociedad venezolana, y
especialmente a sus élites dirigentes hacer lo propio.
Después de todo: ¿No sería ése el verdadero “asunto de estado” del que hablaba Richard?
Jesús Suárez
lunes, 29 de julio de 2013
El blues: hablan los sentimientos.
Hablar del blues, una de las principales ramas de la música, es hablar de la melancolía y la tristeza; sentimientos que pueden degustarse a través de los hechizantes sonidos de tal género musical: los “glisses” (acción de golpear las notas suavemente) y una sonoridad melosa pero a la vez distorsionada, que nos sumerge en una secuencia progresiva de notas en las que, por medio de las séptimas, se resuelve en tranquilidad y sentimiento.
sábado, 13 de abril de 2013
Cuento
Cuando estudié en el preescolar hice muchos amigos, amigos de
infancia, de esos que nunca se olvidan, y que te marcan de por vida. Tenía un amigo
que era demasiado especial para mí. Solíamos, todas las tardes, salir al parque
a jugar, o a hacer alguna actividad juntos. Cuando salí del preescolar él recorrió
un sendero distinto al mío. Sus padres lo inscribieron en un liceo público al
otro lado de la ciudad y más nunca supe nada de él.
Años después me lo conseguí. Ya me había graduado y él también,
imagino. Lo vi de lejos, me acerqué y le
sonreí… él lloró. No me esperaba esa reacción. Rompió en llanto y me abrazó,
se mantuvo por un minuto en esa posición y en ese estado de depresión; temía
interrumpir su desahogo, y a la vez sentía pena de preguntar qué le pasaba, pero
tuve la valentía de hacerlo.
- -Valentín, ¿Qué te ocurre?
- -¿Has hablado alguna vez con
nuestros excompañeros del preescolar?
- -No, hace mucho tiempo que no. Pero, ¿por qué lloras y me abrazas?
- -Porque todos están muertos men,
todos han sido asesinados, y nunca pude despedirme de ellos, por eso me despido
de ti, antes de que te lleven también.
Juan V. L.
martes, 2 de abril de 2013
El Boxer
Todo lo imagino
borroso cuando trato de recordarlo. Nada es nítido. Contaba cinco primaveras
cuando sucedió; puede ser la razón. Mi capacidad de recordar eventos es pésima,
o quizás mi subconsciente no lo quiere inmortalizar. Sé que amaba montar patineta
a esa edad, se los puedo decir. Solía reunirme con mis primas a lanzarnos de
cuclillas o sentados en bajada por largas horas. Caracas, Las Mercedes.
Parecían las tres de la tarde; o quizá las nueve de la mañana. La gente
“enpijamada” saliendo de sus casas a trote hacia la calle al escuchar los
gritos me hace dudarlo. Eran ensordecedores mis gritos, llorosos. Pero no tanto
como los de mi prima Daniela.
Solo era una patineta para tres
primos. Daniela, la mayor, tenía seis años, pero un temperamento de una mujer
de treinta. Nathalia, era menor que Daniela pero mayor que yo, con seis años.
Yo era el menor entonces. Llevábamos ya tiempo jugando a lo mismo. Te lanzas,
entregas la patineta al siguiente y así íbamos. Viviendo la inocencia de la
infancia, donde no piensas en nada, no te fijas en nada, ni en ningún peligro,
y menos en el siguiente.
Camioneta negra, grande, GIGANTE
me parecía a mí. La vimos estacionarse en la mismísima bajada en la que
estábamos jugando. Las personas se bajaron del auto, y entraron a la casa más
cercana justo al frente, una casa hermosa y gigante que solía tener un parque
de juegos, en el que siempre nos infiltrábamos sin permiso alguno, y un tigre
falso en la entrada, del cual nunca agarre confianza temiendo que el tigre “despertara”
de su sueño y me mordiera. Notamos que los dueños de la camioneta dejaron los
vidrios bajos, y cuando los señores se perdieron de nuestra vista, apareció una
bestia color negro dentro de la camioneta. Asomaba la cabeza por la ventana,
ladraba, respiraba muy rápido y siempre con la lengua afuera. No me preocupe
por el can en el momento, sin embargo, hoy
día, cuando mencionan un “pit-bull” mis sentidos se agudizan. Saludamos
al perro los tres muy cordialmente, sin acariciarlo porque éramos muy cortos
para el tamaño de la camioneta. Les recuerdo, cinco años.
Era mi turno.
Agarre la patineta, subí hasta
el tope de la colina, me senté, y me lancé.
Rodé quizá unos
5 segundos, que pasaron cual rayo. Para mí era muy rápido la velocidad que tenía.
Pase de largo la camioneta a mi derecha, el perro no me dejo de mirar. Ahora sé
que me observaba cual hueso. Trate de desacelerar y use mis pies. La patineta
se me fue hacia atrás, mis rodillas hacia adelante, fue lo primero que impactó
contra el suelo, luego mis manos. Boca abajo quede. Solté un leve chasquido
mostrando cierto dolor y cierta vergüenza. Todo esto en cuestión de un segundo.
Inmediatamente escuche dos cosas que aceleraron mi corazón, en este mismo
orden.
Ladrido.
Grito.
No logré voltearme. Sentí un impacto como si el colchón de tu cama
te hubiese caído encima. No sabía si el perro jugaba conmigo, o me trataba de
herir. Solo sé que estaba asustado, y mucho. Me volteo rápidamente, pero no lo
suficiente para evitar que la bestia me hiciera una hendidura con su uña en mi
cuello. Forceje con el can. Utilicé mis manos para aguantar el peso y empecé a
gritar como jamás lo hice. Nathalia se montó en un carro lo más rápido que pudo
mientras gritaba, me contaron. Me di cuenta que no era un juego. No recuerdo
cuentas veces me mordió, o cuantas veces me rasguñó la cara ese pit-bull,
estaba muy pequeño.
Recuerdo mi sangre en sus patas. La entera cuadra salió al oír los
gritos. Vi gente empijamada. Daniela fue muy valiente. Agarró la patineta y
empezó a golpear al perro. El perro hizo caso omiso. Dani corrió en busca de
ayuda a la casa a la que entraron los señores. Salió el chófer del carro y
trató de levantarme con el perro aún encima, pero le fue imposible. El perro le
causó heridas graves en la mano al conductor. El chófer sigo forcejeando hasta
que en un punto casi se daba por vencido. Mi vida estaba pendiendo de un hilo.
Pero la historia no termina aquí. Si no, no estarías leyendo esto. Yo estaba
entre dormido y despierto para lo próximo que sucedió, no lo recuerdo bien. Lo
siguiente que recuerdo es que estaba en el lavamanos y me lavaban un poco las
heridas. Vi mi cara roja en el espejo y rápido cerré los ojos. No pude ver más.
Corrimos a la camioneta. Montados a cien por hora, nos dirigimos al urológico
de San Román. Emergencia. Quirófano. … … …
Abro los ojos, rodeado de familiares, de regalos y de lágrimas, aún
vivo. Cubierta toda mi cara por vendas y gasas. Mis padres volaron desde Chichiriviche
hasta el urológico en un dos por tres. Salí del hospital 2 días después. Mis hermanas me contaron lo
siguiente.
Mi vida fue salvada por un bóxer. Un perro que apareció tal cual de
la nada. Un perro que había sido visto en el vecindario una o dos veces, pero
que era dueño de la calle. Era marrón. Me acuerdo de haberlo visto en el
pasado, o en mis sueños. Ahorita no lo sé. El perro corrió hacia el pit-bull,
me lo sacudió de encima, peleó con el pit-bull. El chofer me levantó del suelo;
fue la única manera en que lo pudo haber hecho, y me llevó a casa de mis hermanas,
lugar donde me estaba quedando.
Ese bóxer lo había visto antes en el vecindario, lo saludaba, le
ofrecía mis cariños y el me gruñía, pero al final aceptaba mis caricias. Amé
esa raza a partir de ese día.
Muchos me han preguntado cómo pude sobrevivir a semejante ataque.
Los doctores no supieron explicarlo. Tenía tan sólo cinco años. Entre 400 y 500
puntos en la cara. Perdí mucha sangre, pero aquí estoy. Al pit-bull lo
sacrificaron los policías. Los dueños pagaron mi operación. El dolor pasó, la
cicatriz cerró, la experiencia quedó y agradezco mi vida día a día a ese bóxer.
El bóxer murió desangrado por mí. Hoy sé que no era un perro. Ya
hubo alguien que murió por nosotros… por qué no otra vez.
Juan V. L.
domingo, 10 de marzo de 2013
Cosas que nunca te dije
Nunca te dije que aún recuerdo la luciérnaga de tu beso en mi habitación. Nunca te dije que aquel cuento subrayado de Marco no se lo dejo tocar a mis hijos. Nunca te dije que, al levantarme, ahora siempre me golpeo con una de las cuatro esquinitas que tiene mi cama. Nunca te dije que hay mañanas en que siento la vida algo pesquera, ya ves, y creo que es porque he dado el estirón.
Pocas veces te dije "lo que quieras" o "no hay problema". Pocas veces "te lo mereces" o "te sienta muy bien". No insistí con el "quédate a cenar" o el "me ocupo yo". Para ti fueron todos los "después" y todos los "luego", la charla del monosílabo y la distancia de la prisa.
Ahora sé que, de las cosas que dejaba sin hacer, lo de menos era la cama y el cuarto de juegos.
Siempre te dije nunca. Nunca te dije siempre.
Nada hay que nos iguale tanto, verán. Tiene madre Lex Luthor y tiene madre Diego López. Los malos de las pelis de Tarantino y Balotelli. El profesor de Matemáticas que suspendía a todos. Tiene madre Darth Vader y también tenía madre Michel Salgado cuando lesionó a Juninho en una entrada por detrás. Es por ello que la mía siempre me pide respeto. "Uy, esas madres".
Ingratos en la memoria y generosos en el olvido. La madre como bayeta y como hucha. Como margen en blanco y como intermedio. Qué culpa tendrán ellas.
Te dije que mañana en vez de hoy. Que sólo una vez y no todas las que quieras. Te dije que el plato estaba soso en vez de levantarme a por la sal.
Nunca te dije que fuiste la persona que me llevó a conocer el mar. Y la que corrió hacia mí aquella primera vez que tuve miedo.
"Antes de convertirme en madre tenía un centenar de teorías sobre cómo criar niños", decía Kate Samperi. "Ahora que tengo varios, sólo sé de una teoría: amarlos, especialmente cuando menos merecen ser amados".
Yo sólo te digo que mañana voy a comer, madre, para masticar a fuego lento el pasado que nos queda por delante. Que voy aunque te llame poco y no te celebre lo suficiente. Aunque apenas tenga arrestos para hornearte una palabra y llevártela caliente de postre. Ese pastel de siete letras donde diga lo que he venido a decirte: gracias. Gracias, madre. Por fin, siempre gracias.
J. Sobejano

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