lunes, 11 de mayo de 2015

¿Por qué leer los clásicos?

“6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir” (Italo Calvino, ¿Por qué leer los clásicos?)

Quizás la manera más adecuada para definir qué es un clásico sea dejando a la expectativa la mayoría de las cosas que el concepto abarca. A medida que uno lee estos libros va descubriendo la riqueza de cada una de sus páginas, no sólo por su valor literario, sino también por su valor humano, inmerso en un diálogo siempre abierto, que pide ser leído varias veces y que nunca termina de decir lo que tiene que decir. 

“… ¿Sabe por qué libros como éste son tan importantes? Porque tienen calidad. Y, ¿qué significa la palabra calidad? Para mí significa textura. Este libro tiene poros, tiene facciones. Este libro puede colocarse bajo el microscopio. A través del lente, encontraría vida, huellas del pasado en infinita profusión. Cuantos más poros, más detalles de la vida verídicamente registrados puede obtener cada hoja de papel, cuanto más literario sea. En todo caso, ésa es mi definición. Detalle revelador. Detalle reciente. Los buenos escultores tocan la vida a menudo. Los mediocres sólo pasan apresuradamente la mano por encima de ella. Los malos la violan y la dejan por inútil”. (Ray Bradbury, Farenheit 451)

¿Qué hace de las novelas de Jane Austen libros duraderos y de libros como las 50 sombras de Grey o Crepúsculo libros inevitablemente pasajeros?... La primera toca los grandes ideales del ser humano que hablan el lenguaje de lo permanente, es decir, toca la vida a menudo trascendiendo a la vida misma. La segunda no le interesa trascender, pasa apresuradamente por encima de la humanidad sino la viola y la deja por inútil, es decir: no tiene nada –o muy poco- que expresar, no tiene razón de ser… es por ello que dura poco, que no pasa a ser más que una moda. 

Recuerdo que luego de haber leído libros como Guerra y Paz y Crimen y Castigo llegué a la inevitable conclusión de que merecía una relectura, ya que ciertamente no los había disfrutado en su totalidad.

Así que me dije a mí mismo que debía volver a leer para comprender, porque libros como estos no sólo contienen una gran historia, sino que también presentan las verdades más patentes de la humanidad, que por ser verdades resultan permanentes, siempre vigentes. Son libros que, leídos las veces que uno quiera, no dejan de traer cosas nuevas… Libros que en sus páginas contienen inscrita a la humanidad entera, en una época y cultura específica. 

Esas verdades de los buenos libros se imponen ante toda crítica, al saber que inevitablemente lo verdadero resulta duradero e irremplazable. Lo contrario sucede con los libros de moda, que desechan las verdades de la humanidad, o las tratan superficialmente, para sólo entretener por un rato. 

De los clásicos podríamos decir que son libros únicos, que se mantienen en el tiempo porque van de la mano con la humanidad. De los mediocres podemos decir que son libros pasajeros, de moda, comunes, que carecen de importancia, ya que son uno más de un montón que no tienen nada que decir -o que siempre repiten lo poco que dicen-. Un escritor decía que la vida era demasiada corta para leer cualquier cosa, y que lo mejor –como Calvino también afirma- sería vivir rodeado de buenos libros que sepamos que de algo nos servirán (en los que entran los clásicos, claro está, y los nuevos descubrimientos del momento que valen la pena). 

Finalmente la pregunta “¿por qué leer los clásicos?” Viene nuevamente a colación, y Calvino responde: “La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos”… Es muy cierto, cada uno dispone de su tiempo como le parezca, pero me parece que el arte es la interpretación de lo que nuestros ojos no ven, del misterio de la humanidad, y que el hombre está llamado a leer los clásicos para conocerse a sí mismo a través de la literatura, de la palabra hecha arte. 


Gabriel Capriles

Farenheit 451, la temperatura de la sociedad.

Montag es un bombero, un bombero muy peculiar. No apaga incendios, los prende. Él y su ejército se dirigen a un objetivo, a un enemigo en común. Éstos son los libros. Esos objetos que desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios. Que no les permiten ser felices porque llevan a pensar, a recordar y a reflexionar. Porque todo aquello evita que un ser sea espontáneamente feliz y, por lo tanto, a ser inocentemente y “verdaderamente” feliz.

sábado, 24 de agosto de 2013

El Promedio Académico




La idea de lo que implica un promedio académico se ha intentado enfocar de maneras bastante realistas. No obstante, al llevar dicha idea a la práctica, se deforma a tal punto que el promedio académico termina por ser un concepto totalmente ambiguo. Para los estudiantes, como lo es mi persona, un promedio representa simplemente un estímulo para impulsarlos a sobrepasar sus propios límites, aunque pueda causar el efecto contrario llegando incluso a ser motivo de depresión para algunos. Sin embargo, también el promedio académico es una representación cuantitativa de los conocimientos del alumno, lo cual le facilita a los interesados una visión de sus capacidades con miras al futuro.

Existen, a mi criterio, dos tipos de estudiantes: El estudiante tradicional y el estudiante analítico. El primero utiliza como principal herramienta de estudio la memorización, mientras que el segundo busca el por qué de cada concepto. Creo que el método analítico es el más efectivo para un saber realmente provechoso, que nos ofrezca una mejor preparación ante las diferentes situaciones de la vida.

 Al respecto, quizás algunos profesores contradigan mi opinión, pues valoran más la capacidad de memorización en sus alumnos que la puesta en práctica de los conocimientos adquiridos. Sólo hay que observar un examen y analizar las preguntas formuladas en el mismo, y preguntarnos cuál es el método más utilizado para obtener la nota máxima. La respuesta es: memorización, pues el hecho de formular un ítem para que el alumno escriba un concepto determinado no representa un desafío si la definición ya está memorizada.

No obstante, estoy casi seguro de que si a uno de esos alumnos se le coloca en una situación de emergencia en la cual deba utilizar sus conocimientos para saber qué hacer en el caso de que una serpiente pique a un compañero, por ejemplo, tendría que evocar la definición que memorizó anteriormente sobre el veneno de una cascabel y cómo retrasarlo, y, posteriormente, traducir esta definición a palabras que sean perfectamente conocidas por él mismo; sólo traduciendo el concepto a su propio lenguaje, en ese momento, podría ayudar a su amigo. Según mis cálculos, lamentablemente, para el momento en que esa persona haya realizado semejante proceso, ya su compañero habrá muerto.

Los estudiantes analíticos se esfuerzan cuando se les presenta una prueba de memorización, pues para ellos es un desafío expresar la definición con sus propias palabras y que sea equivalente al concepto original. La peor parte es que, al final, el alumno tradicional obtiene la nota máxima sin ni siquiera el tercio del esfuerzo del alumno analítico. El primero quizás obtenga un 19, mientras que el segundo se tendrá que conformar con un modesto 16 por el esfuerzo.

Claro está que hay quienes realizan una especie de transacción entre lo analítico y lo tradicional, pues el ser humano siempre buscará el camino más fácil para llegar a un mejor resultado. Algunos maestros nos han dicho que no debemos elegir el camino más fácil, pues normalmente trae consecuencias desagradables; pero mientras ellos realizan semejante afirmación, terminan, indirectamente, promoviendo lo contrario. Hay que advertir que las evaluaciones de memorización pueden causar una gran controversia en la mente de ya sea un adolescente como un niño, pues ellos necesitan ser educados por personas que respalden sus palabras dando ejemplos, ya que están pasando por un período de desarrollo en el que necesitan ser instruidos por personas que estén seguras de sus palabras. Estas enseñanzas deben servir para que cuando las personas estén en su máxima etapa de desarrollo, puedan tener sus propias opiniones que beneficien a una sociedad con tantas necesidades.


Apoyándome en estas críticas, considero necesario persuadir a todos los maestros y profesores a que adopten un método de evaluación distinto a la memorización; y para los alumnos, sean siempre alumnos analíticos, pues esto les va a traer una recompensa, y, aunque tengan profesores que evalúen con el método tradicional de memorización, sigan estudiando con el método analítico, y sigan teniendo un pensamiento rico en inteligencia y en capacidad de dar una opinión crítica. No se obsesionen con los promedios si sus resultados no son tan atractivos como los esperaban, pues siempre la tentación les inclinará al camino fácil. Ignora dicha tentación, y sigue nutriendo tu pensamiento. 

Juan Diego Fernández Lebrún


martes, 30 de julio de 2013

La Vinotinto, un asunto de Estado.


Recuerdo que a pocos meses de asumir su cargo como seleccionador nacional, Richard Páez solía bramar ante los medios de comunicación con una petición inusual: quería una reunión con el Presidente de la República, es decir, con el mismísimo Hugo Chávez. Y a quien lo interpelaba procurando conocer los motivos de esa peculiar entrevista, le espetaba siempre la misma respuesta: “Es que el fútbol en nuestra época es un asunto de Estado”. Por aquel entonces –principios del nuevo milenio- nadie imaginaba que el exfutbolista y médico traumatólogo iba a ser el artífice de un boom sin precedentes en la historia de nuestro fútbol y que todos los políticos, como suelen atribuirle a Mahoma, ya no esperarían que la montaña acudiera a ellos, sino que ellos mismos irían a la montaña. La montaña, en este caso, vestía de vinotinto y gracias a una serie de victorias resonantes contra otros seleccionados de la Conmebol se había convertido en una cumbre apetecible por nuestros más connotados alpinistas. Por obra de Páez y sus “lanceros”, empezó a difuminarse una larga historia de fracasos y humillaciones en el deporte más popular del mundo, acaso sintetizadas en la escueta frase del recordado dirigente brasileño Joao Saldanha: “El fútbol venezolano es un chiste”.

Sin embargo, en sólo unos años, esa selección que había sido durante décadas el hazmerreír de sus adversarios devino pronto en un dolor de cabeza para sus similares en el continente: en las eliminatorias del mundial Corea-Japón (2002), Venezuela derrotó de manera convincente y con una sólida propuesta futbolística a Uruguay, Chile (primera victoria como visitante), Perú y Paraguay. Y en el año 2004 obtuvo, quizás, su triunfo más resonante hasta la fecha: el 0-3 en Montevideo pasaría a ser recordado en la historia de estas competiciones como “El centenariazo”, en clara alusión a la célebre victoria de los uruguayos en el Maracaná durante la Copa del Mundo de 1950.

Pero haber puesto fin a la cadena de reveses no fue el mayor de los logros de esa oncena vinotinto. En un país agobiado por una severa polarización política, la selección nacional se convirtió en uno de los pocos referentes unitarios indiscutibles. Y cada uno de los intentos de querer llevar esa crispación al seno de nuestro combinado ha fracasado hasta ahora. A diferencia de otros símbolos y señas de identidad que aluden a parcialidades políticas, llevar la franela vinotinto es sinónimo de consenso, de armonía y de sentido de pertenencia hacia una causa que, sabemos, nos trasciende desde el punto de vista individual y cuenta aún con la fortuna de no ser juzgada con recelo por ninguno de nuestros coterráneos.

Después del primer boom vinotinto y, sobre todo, tras la Copa América de 2011 (que inició un segundo boom) se hicieron patentes, sin embargo, un par de demonios que la vinotinto y sus seguidores deberán tratar de exorcizar a toda costa. El primero es el triunfalismo, sin duda una actitud nefasta no digamos en el deporte sino en cualquier tipo de contienda: creerse ganador antes de tiempo –dice un amigo mío- no es sólo hacer frente a la desilusión como le sucede al optimista, sino también exponerse al ridículo. Esperar lo mejor y prepararse para lo peor sigue siendo un consejo válido en este tipo de escenarios. El otro es el nacionalismo exacerbado: ningún juego de fútbol puede servir como pretexto para incubar sentimientos de odio hacia otro país, o para dar cobijo al insulto procaz (este último casi siempre guarecido en el anonimato que proveen las redes sociales) hacia los seguidores del rival de turno. Esto no significa que no tengamos que hacernos respetar cuando se nos ofenda desde la acera contraria: es dable esperar que cada Faitelson encuentre su Richard Méndez que le calle la boca y cada Ortigoza un Miku que le dé su coñazo…

El gran Jorge Valdano acuñó alguna vez una frase que siempre es traída a colación por los “filósofos” del balompié: El fútbol es un estado de ánimo. En cierto modo, la cita es también oportuna cuando se quiere hablar de la identidad de un país. ¿Cómo pasar de una mentalidad perdedora a otra victoriosa? ¿Cómo vencer los atávicos complejos de inferioridad que sentimos al rivalizar, en cualquier terreno, con alguna gran potencia que nos ha doblegado históricamente? ¿Cómo mantener la unión de un grupo y hacer que éste prevalezca sobre las diferencias y los intereses individuales? Son preguntas que, a pesar de algunos tropiezos, la vinotinto ha podido responder con acierto. Le resta a la sociedad venezolana, y especialmente a sus élites dirigentes hacer lo propio.

 Después de todo: ¿No sería ése el verdadero “asunto de estado” del que hablaba Richard?

Jesús Suárez

lunes, 29 de julio de 2013

El blues: hablan los sentimientos.


Hablar del blues, una de las principales ramas de la música, es hablar de la melancolía y la tristeza; sentimientos que pueden degustarse a través de los hechizantes sonidos de tal género musical: los “glisses” (acción de golpear las notas suavemente) y una sonoridad melosa pero a la vez distorsionada, que nos sumerge en una secuencia progresiva de notas en las que, por medio de las séptimas, se resuelve en tranquilidad y sentimiento.

sábado, 13 de abril de 2013

Cuento



Cuando estudié en el preescolar hice muchos amigos, amigos de infancia, de esos que nunca se olvidan, y que te marcan de por vida. Tenía un amigo que era demasiado especial para mí. Solíamos, todas las tardes, salir al parque a jugar, o a hacer alguna actividad juntos. Cuando salí del preescolar él recorrió un sendero distinto al mío. Sus padres lo inscribieron en un liceo público al otro lado de la ciudad y más nunca supe nada de él.

Años después me lo conseguí. Ya me había graduado y él también, imagino. Lo vi de lejos, me acerqué  y le sonreí… él lloró. No me esperaba esa reacción. Rompió en llanto y me abrazó, se mantuvo por un minuto en esa posición y en ese estado de depresión; temía interrumpir su desahogo, y a la vez sentía pena de preguntar qué le pasaba, pero tuve la valentía de hacerlo.

-          -Valentín, ¿Qué te ocurre?
-          -¿Has hablado alguna vez con nuestros excompañeros del preescolar?
-          -No, hace mucho tiempo que no. Pero, ¿por qué lloras y me abrazas?
-          -Porque todos están muertos men, todos han sido asesinados, y nunca pude despedirme de ellos, por eso me despido de ti, antes de que te lleven también.

POR UNA VENEZUELA SIN VIOLENCIA.
Juan V. L.

martes, 2 de abril de 2013

El Boxer



Todo lo imagino borroso cuando trato de recordarlo. Nada es nítido. Contaba cinco primaveras cuando sucedió; puede ser la razón. Mi capacidad de recordar eventos es pésima, o quizás mi subconsciente no lo quiere inmortalizar. Sé que amaba montar patineta a esa edad, se los puedo decir. Solía reunirme con mis primas a lanzarnos de cuclillas o sentados en bajada por largas horas. Caracas, Las Mercedes. Parecían las tres de la tarde; o quizá las nueve de la mañana. La gente “enpijamada” saliendo de sus casas a trote hacia la calle al escuchar los gritos me hace dudarlo. Eran ensordecedores mis gritos, llorosos. Pero no tanto como los de mi prima Daniela.

                Solo era una patineta para tres primos. Daniela, la mayor, tenía seis años, pero un temperamento de una mujer de treinta. Nathalia, era menor que Daniela pero mayor que yo, con seis años. Yo era el menor entonces. Llevábamos ya tiempo jugando a lo mismo. Te lanzas, entregas la patineta al siguiente y así íbamos. Viviendo la inocencia de la infancia, donde no piensas en nada, no te fijas en nada, ni en ningún peligro, y menos en el siguiente.

                Camioneta negra, grande, GIGANTE me parecía a mí. La vimos estacionarse en la mismísima bajada en la que estábamos jugando. Las personas se bajaron del auto, y entraron a la casa más cercana justo al frente, una casa hermosa y gigante que solía tener un parque de juegos, en el que siempre nos infiltrábamos sin permiso alguno, y un tigre falso en la entrada, del cual nunca agarre confianza temiendo que el tigre “despertara” de su sueño y me mordiera. Notamos que los dueños de la camioneta dejaron los vidrios bajos, y cuando los señores se perdieron de nuestra vista, apareció una bestia color negro dentro de la camioneta. Asomaba la cabeza por la ventana, ladraba, respiraba muy rápido y siempre con la lengua afuera. No me preocupe por el can en el momento, sin embargo, hoy  día, cuando mencionan un “pit-bull” mis sentidos se agudizan. Saludamos al perro los tres muy cordialmente, sin acariciarlo porque éramos muy cortos para el tamaño de la camioneta. Les recuerdo, cinco años.

                Era mi turno.

                Agarre la patineta, subí hasta el tope de la colina, me senté, y me lancé.

Rodé quizá unos 5 segundos, que pasaron cual rayo. Para mí era muy rápido la velocidad que tenía. Pase de largo la camioneta a mi derecha, el perro no me dejo de mirar. Ahora sé que me observaba cual hueso. Trate de desacelerar y use mis pies. La patineta se me fue hacia atrás, mis rodillas hacia adelante, fue lo primero que impactó contra el suelo, luego mis manos. Boca abajo quede. Solté un leve chasquido mostrando cierto dolor y cierta vergüenza. Todo esto en cuestión de un segundo. Inmediatamente escuche dos cosas que aceleraron mi corazón, en este mismo orden.

                Ladrido.

                Grito.

No logré voltearme. Sentí un impacto como si el colchón de tu cama te hubiese caído encima. No sabía si el perro jugaba conmigo, o me trataba de herir. Solo sé que estaba asustado, y mucho. Me volteo rápidamente, pero no lo suficiente para evitar que la bestia me hiciera una hendidura con su uña en mi cuello. Forceje con el can. Utilicé mis manos para aguantar el peso y empecé a gritar como jamás lo hice. Nathalia se montó en un carro lo más rápido que pudo mientras gritaba, me contaron. Me di cuenta que no era un juego. No recuerdo cuentas veces me mordió, o cuantas veces me rasguñó la cara ese pit-bull, estaba muy pequeño.

Recuerdo mi sangre en sus patas. La entera cuadra salió al oír los gritos. Vi gente empijamada. Daniela fue muy valiente. Agarró la patineta y empezó a golpear al perro. El perro hizo caso omiso. Dani corrió en busca de ayuda a la casa a la que entraron los señores. Salió el chófer del carro y trató de levantarme con el perro aún encima, pero le fue imposible. El perro le causó heridas graves en la mano al conductor. El chófer sigo forcejeando hasta que en un punto casi se daba por vencido. Mi vida estaba pendiendo de un hilo. Pero la historia no termina aquí. Si no, no estarías leyendo esto. Yo estaba entre dormido y despierto para lo próximo que sucedió, no lo recuerdo bien. Lo siguiente que recuerdo es que estaba en el lavamanos y me lavaban un poco las heridas. Vi mi cara roja en el espejo y rápido cerré los ojos. No pude ver más. Corrimos a la camioneta. Montados a cien por hora, nos dirigimos al urológico de San Román. Emergencia. Quirófano. … … …

Abro los ojos, rodeado de familiares, de regalos y de lágrimas, aún vivo. Cubierta toda mi cara por vendas y gasas. Mis padres volaron desde Chichiriviche hasta el urológico en un dos por tres. Salí del hospital 2  días después. Mis hermanas me contaron lo siguiente.

Mi vida fue salvada por un bóxer. Un perro que apareció tal cual de la nada. Un perro que había sido visto en el vecindario una o dos veces, pero que era dueño de la calle. Era marrón. Me acuerdo de haberlo visto en el pasado, o en mis sueños. Ahorita no lo sé. El perro corrió hacia el pit-bull, me lo sacudió de encima, peleó con el pit-bull. El chofer me levantó del suelo; fue la única manera en que lo pudo haber hecho, y me llevó a casa de mis hermanas, lugar donde me estaba quedando.

Ese bóxer lo había visto antes en el vecindario, lo saludaba, le ofrecía mis cariños y el me gruñía, pero al final aceptaba mis caricias. Amé esa raza a partir de ese día.

Muchos me han preguntado cómo pude sobrevivir a semejante ataque. Los doctores no supieron explicarlo. Tenía tan sólo cinco años. Entre 400 y 500 puntos en la cara. Perdí mucha sangre, pero aquí estoy. Al pit-bull lo sacrificaron los policías. Los dueños pagaron mi operación. El dolor pasó, la cicatriz cerró, la experiencia quedó y agradezco mi vida día a día a ese bóxer.

El bóxer murió desangrado por mí. Hoy sé que no era un perro. Ya hubo alguien que murió por nosotros… por qué no otra vez.

Juan V. L.