lunes, 11 de mayo de 2015

Un extraño estilo de vida


“El hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado”
El Viejo y el Mar. Ernest Hemingway.

El de Santiago, personaje del Viejo y el Mar de Ernest Hemingway, es un estilo de vida humilde. Vive bajo un techo que lo cubre de la lluvia y se encuentra rodeado de los elementos imprescindibles para vivir. En un rincón apartado de su casa apila unos cuantos periódicos, con los que suele llenar su cabeza. Cerca de ahí una cocinilla de carbón da la espalda a una mesa y a una silla donde  el viejo se sienta a llenar su estómago. Frente a una sobria cama, colgado de la pared, hay dos cuadros: uno de la Virgen del Cobre y otro del Sagrado Corazón, a los que reza, muy de vez en cuando, para obtener una buena pesca; y al lado de estos una fotografía de su difunta esposa –claro que no muerta en la foto- que mira de vez en cuando para añorar lo que en el pueblo llaman amor.


Este pescador vive de lo imprescindible; apartado de lo innecesario que pudiera alejarlo de lo importante: de su joven amigo Manolín y del gran ideal de pescar un pez gigante.

En nuestra sociedad “moderna” del siglo XXI el hombre vive lo contrario: rodeado de lo prescindible se aparta de lo imprescindible para vivir en la estupidez. Por esto, podríamos decir, “las costumbres de vida de este tipo de hombres no tienen cabida en la época de lo poco importante”.

Nosotros, hombres modernos, nos hemos apartado de los grandes ideales. Nos hemos quedado en querer disponer de todo cuanto vemos, sin saber por qué y para qué…. En una sociedad de metas cortas, en una vida donde todo nos viene por inercia y el sudoku ya está resuelto, muy difícilmente podremos acoger a un hombre como Santiago, que dispone de su tiempo, de su vida, para alcanzar metas altas.

Decía mi abuelo… “de lo sublime a lo ridículo hay sólo un paso” y, efectivamente, un beneficio producto del progreso, que parece sublime, termina siendo nuestra perdición. Hombres como el pescador, que disponen de su vida para alcanzar metas altas –algunos hacedores de lo que a nosotros le damos mal uso- son los que hacen falta para seguir acrecentando y mejorando el legado que dejaron nuestros grandes antepasados. Hacen falta hombres como Santiago que vivan de lo importante para proponerse alcanzar lo que vale la pena.

Por ahora, en nuestras costumbres, parece imposible este estilo de vida; pero de este estilo de vida -¡fuera lo innecesario!- dependerá la salvación de una sociedad que, sumergida en mil cosas (medios de comunicación, tecnología…), ahora se encuentra hermética, con la mente tapada para ir a pescar grandes peces. Sólo unos pocos hombres, dispuestos a cambiarse a sí mismos para cambiar las cosas, podrán sacarnos de la estupidez para juntos voltear la mirada a lo importante.


Gabriel Capriles

A favor de la vida lenta


“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo al que me lo pregunta, no lo sé.” 
(San Agustín)

En un mundo donde todo va de prisa, donde la información se multiplica por segundo, donde las colas nos quitan parte de la vida y la tentación de perder nuestro tiempo acudiendo al “encantador” mundo paralelo resulta cada vez mayor, para nosotros, los jóvenes, todo se nos puede presentar efímero, infructuoso. Nos sentimos agobiados. Llegamos a casa luego de la Universidad y no queremos más que dormir. Sentimos que el tiempo se nos escapa entre las manos y con éste, todo lo que nuestra juventud tiene por conocer y ofrecer.

Para esta enfermedad que podríamos llamar “el mal del tiempo” conseguí un buen remedio: un libro, que además de ser muy útil –debo decirlo- es bastante corto. Escrito por Rafael Tomás Caldera, como su nombre lo indica “El Uso del Tiempo” trata este tema siempre vigente que a muchos nos preocupa. Allí encontré una serie de consejos que nos ayudarán para la vida entera; pero, sobre todo, para este momento que atravesamos, el más provechoso, exigente y –por qué no- el más entretenido.


Ante tanto movimiento, ante tanta tontería, ante el tormento de una sociedad fugaz que facilita que los años se nos escurran entre los pasos, debemos detenernos un instante, pensarnos bien las cosas, vivir lentamente. No de esa manera en que los tontos andan perdidos por la vida, sino de aquella otra en que la paciencia, la constancia, las cosas bien hechas forman a los grandes hombres.

Para que el tiempo nos favorezca hay que Dedicarle tiempo al uso del tiempo, hacer un plan en el que podamos organizar las cosas que haremos durante el día, jerarquizándolas según su importancia. Para ello –para saber qué debe ir primero- debemos tomar en cuenta una verdad: que vamos a morir, que en esta vida estamos de paso. Por eso es que preguntarnos por qué y para qué estamos aquí en la tierra no es capricho de filósofos. Así las cosas que hagamos tendrán mayor peso y nuestra forma de vivirlas será más intensa,  ya que el bien que resulte –con nuestro tiempo- adquirirá un sentido más profundo y pleno.

Dándole un valor objetivo a las cosas, haciendo lo que tenemos que hacer con cariño, podremos vivir nuestro tiempo. Debemos hacer uso de éste creciendo para adentro, no sólo dejando un resultado externo sino también interno, en  nosotros.

Uno de los grandes peligros que corremos en la vida universitaria es la desmesura: proponernos cientos de propósitos que jamás cumplimos. Para evitar esto debemos ir a lo importante, a lo que debamos hacer. Una cosa primero, otra después -nos dice Caldera- y a hacerlas bien.

Aquí viene otro consejo importante, que en la costumbre de los jóvenes por postergar nos viene de maravilla, me refiero a ese Fijar plazos… asignarle a nuestras metas una fecha tope en la que deban culminar: bien hechas –claro está- y bien vividas.  A veces resulta difícil fijarlos, todos lo sabemos, pero para eso Caldera da en el clavo citando a Toynbee: “…lo que hay que hacer para hoy se hace ahora, ahora o nunca”. Mientras nos ocupemos cuando debamos ¡ahora o nunca!, nos sentemos durante el rato en que tengamos que estudiar o hacer un trabajo, con apertura, sin urgencia, concentrados, ¡hasta llegar a tomarle gusto!… no perderemos el tiempo que deseamos dedicarle a lo que más queremos. Pasando luego a esta entrega de descanso y provecho. Invirtiendo tiempo en lo que más nos gusta y en la gente que más queremos, ahora con alegría y serenidad.

Con la constancia se nos propone otro consejo: apresúrate lentamente… “Despacito y buena letra/ el hacer las cosas bien/ importa más que el hacerlas” (Antonio Machado)… Hacer de esa tarea, de ese trabajo en el que estamos ocupados, algo nuestro; en el que pongamos el mayor empeño no sólo de que quede bien sino de que ese deber nos ayude a ser mejores. Y ese crecimiento, nos dice Caldera, nos hará hombres virtuosos que, para colmo, gozarán de más tiempo “Nuestro tiempo es capaz de abarcar más cosas a medida que lo vamos llenando”… pues, como lo demuestra la paradoja: “sólo tienen tiempo los que están ocupados”

Por aquí llegamos a las partes más importantes del librito… “El secreto está en la diligencia, en el querer. Vivir a fondo, con generosidad”… El querer, estar dispuestos a ser mejores, a vivir a fondo y no conformarnos con la superficie. La entrega, ese dar nuestro tiempo a los demás; ese empeño por ser mejores y jalar a otros con nuestro ejemplo a seguir el mismo camino, será posible si somos pacientes y constantes… “Demos tiempo al tiempo/para que el vaso rebose/hay que llenarlo primero” (Antonio Machado)

Caldera nos recuerda que vamos a morir: “conscientes de la brevedad de la vida sabremos ir a lo esencial”… no desperdiciaremos nuestro tiempo en lo innecesario, sabremos ir a lo que vale la pena… Y, por último, nos dice algo que jamás debemos olvidar: “Y este es el último secreto, la clave de todo: Amar”


…Invito pues a todos los jóvenes inquietos por el pasar del tiempo que se detengan un momento, que acudan a este librito que en pocas páginas nos hace ver las cosas de manera distinta. Nos ayuda a crecer, a querer lo que hacemos y a orientar nuestros quehaceres universitarios, nuestra sed de saber, hacia el bien de los demás y hacia ese fin último que es Dios –nuestra felicidad- ¡Mucho que pedir en tanta brevedad!...  Definitivamente ¡vale nuestro tiempo!


Gabriel Capriles

¿Por qué leer los clásicos?

“6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir” (Italo Calvino, ¿Por qué leer los clásicos?)

Quizás la manera más adecuada para definir qué es un clásico sea dejando a la expectativa la mayoría de las cosas que el concepto abarca. A medida que uno lee estos libros va descubriendo la riqueza de cada una de sus páginas, no sólo por su valor literario, sino también por su valor humano, inmerso en un diálogo siempre abierto, que pide ser leído varias veces y que nunca termina de decir lo que tiene que decir. 

“… ¿Sabe por qué libros como éste son tan importantes? Porque tienen calidad. Y, ¿qué significa la palabra calidad? Para mí significa textura. Este libro tiene poros, tiene facciones. Este libro puede colocarse bajo el microscopio. A través del lente, encontraría vida, huellas del pasado en infinita profusión. Cuantos más poros, más detalles de la vida verídicamente registrados puede obtener cada hoja de papel, cuanto más literario sea. En todo caso, ésa es mi definición. Detalle revelador. Detalle reciente. Los buenos escultores tocan la vida a menudo. Los mediocres sólo pasan apresuradamente la mano por encima de ella. Los malos la violan y la dejan por inútil”. (Ray Bradbury, Farenheit 451)

¿Qué hace de las novelas de Jane Austen libros duraderos y de libros como las 50 sombras de Grey o Crepúsculo libros inevitablemente pasajeros?... La primera toca los grandes ideales del ser humano que hablan el lenguaje de lo permanente, es decir, toca la vida a menudo trascendiendo a la vida misma. La segunda no le interesa trascender, pasa apresuradamente por encima de la humanidad sino la viola y la deja por inútil, es decir: no tiene nada –o muy poco- que expresar, no tiene razón de ser… es por ello que dura poco, que no pasa a ser más que una moda. 

Recuerdo que luego de haber leído libros como Guerra y Paz y Crimen y Castigo llegué a la inevitable conclusión de que merecía una relectura, ya que ciertamente no los había disfrutado en su totalidad.

Así que me dije a mí mismo que debía volver a leer para comprender, porque libros como estos no sólo contienen una gran historia, sino que también presentan las verdades más patentes de la humanidad, que por ser verdades resultan permanentes, siempre vigentes. Son libros que, leídos las veces que uno quiera, no dejan de traer cosas nuevas… Libros que en sus páginas contienen inscrita a la humanidad entera, en una época y cultura específica. 

Esas verdades de los buenos libros se imponen ante toda crítica, al saber que inevitablemente lo verdadero resulta duradero e irremplazable. Lo contrario sucede con los libros de moda, que desechan las verdades de la humanidad, o las tratan superficialmente, para sólo entretener por un rato. 

De los clásicos podríamos decir que son libros únicos, que se mantienen en el tiempo porque van de la mano con la humanidad. De los mediocres podemos decir que son libros pasajeros, de moda, comunes, que carecen de importancia, ya que son uno más de un montón que no tienen nada que decir -o que siempre repiten lo poco que dicen-. Un escritor decía que la vida era demasiada corta para leer cualquier cosa, y que lo mejor –como Calvino también afirma- sería vivir rodeado de buenos libros que sepamos que de algo nos servirán (en los que entran los clásicos, claro está, y los nuevos descubrimientos del momento que valen la pena). 

Finalmente la pregunta “¿por qué leer los clásicos?” Viene nuevamente a colación, y Calvino responde: “La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos”… Es muy cierto, cada uno dispone de su tiempo como le parezca, pero me parece que el arte es la interpretación de lo que nuestros ojos no ven, del misterio de la humanidad, y que el hombre está llamado a leer los clásicos para conocerse a sí mismo a través de la literatura, de la palabra hecha arte. 


Gabriel Capriles

Farenheit 451, la temperatura de la sociedad.

Montag es un bombero, un bombero muy peculiar. No apaga incendios, los prende. Él y su ejército se dirigen a un objetivo, a un enemigo en común. Éstos son los libros. Esos objetos que desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios. Que no les permiten ser felices porque llevan a pensar, a recordar y a reflexionar. Porque todo aquello evita que un ser sea espontáneamente feliz y, por lo tanto, a ser inocentemente y “verdaderamente” feliz.

sábado, 24 de agosto de 2013

El Promedio Académico




La idea de lo que implica un promedio académico se ha intentado enfocar de maneras bastante realistas. No obstante, al llevar dicha idea a la práctica, se deforma a tal punto que el promedio académico termina por ser un concepto totalmente ambiguo. Para los estudiantes, como lo es mi persona, un promedio representa simplemente un estímulo para impulsarlos a sobrepasar sus propios límites, aunque pueda causar el efecto contrario llegando incluso a ser motivo de depresión para algunos. Sin embargo, también el promedio académico es una representación cuantitativa de los conocimientos del alumno, lo cual le facilita a los interesados una visión de sus capacidades con miras al futuro.

Existen, a mi criterio, dos tipos de estudiantes: El estudiante tradicional y el estudiante analítico. El primero utiliza como principal herramienta de estudio la memorización, mientras que el segundo busca el por qué de cada concepto. Creo que el método analítico es el más efectivo para un saber realmente provechoso, que nos ofrezca una mejor preparación ante las diferentes situaciones de la vida.

 Al respecto, quizás algunos profesores contradigan mi opinión, pues valoran más la capacidad de memorización en sus alumnos que la puesta en práctica de los conocimientos adquiridos. Sólo hay que observar un examen y analizar las preguntas formuladas en el mismo, y preguntarnos cuál es el método más utilizado para obtener la nota máxima. La respuesta es: memorización, pues el hecho de formular un ítem para que el alumno escriba un concepto determinado no representa un desafío si la definición ya está memorizada.

No obstante, estoy casi seguro de que si a uno de esos alumnos se le coloca en una situación de emergencia en la cual deba utilizar sus conocimientos para saber qué hacer en el caso de que una serpiente pique a un compañero, por ejemplo, tendría que evocar la definición que memorizó anteriormente sobre el veneno de una cascabel y cómo retrasarlo, y, posteriormente, traducir esta definición a palabras que sean perfectamente conocidas por él mismo; sólo traduciendo el concepto a su propio lenguaje, en ese momento, podría ayudar a su amigo. Según mis cálculos, lamentablemente, para el momento en que esa persona haya realizado semejante proceso, ya su compañero habrá muerto.

Los estudiantes analíticos se esfuerzan cuando se les presenta una prueba de memorización, pues para ellos es un desafío expresar la definición con sus propias palabras y que sea equivalente al concepto original. La peor parte es que, al final, el alumno tradicional obtiene la nota máxima sin ni siquiera el tercio del esfuerzo del alumno analítico. El primero quizás obtenga un 19, mientras que el segundo se tendrá que conformar con un modesto 16 por el esfuerzo.

Claro está que hay quienes realizan una especie de transacción entre lo analítico y lo tradicional, pues el ser humano siempre buscará el camino más fácil para llegar a un mejor resultado. Algunos maestros nos han dicho que no debemos elegir el camino más fácil, pues normalmente trae consecuencias desagradables; pero mientras ellos realizan semejante afirmación, terminan, indirectamente, promoviendo lo contrario. Hay que advertir que las evaluaciones de memorización pueden causar una gran controversia en la mente de ya sea un adolescente como un niño, pues ellos necesitan ser educados por personas que respalden sus palabras dando ejemplos, ya que están pasando por un período de desarrollo en el que necesitan ser instruidos por personas que estén seguras de sus palabras. Estas enseñanzas deben servir para que cuando las personas estén en su máxima etapa de desarrollo, puedan tener sus propias opiniones que beneficien a una sociedad con tantas necesidades.


Apoyándome en estas críticas, considero necesario persuadir a todos los maestros y profesores a que adopten un método de evaluación distinto a la memorización; y para los alumnos, sean siempre alumnos analíticos, pues esto les va a traer una recompensa, y, aunque tengan profesores que evalúen con el método tradicional de memorización, sigan estudiando con el método analítico, y sigan teniendo un pensamiento rico en inteligencia y en capacidad de dar una opinión crítica. No se obsesionen con los promedios si sus resultados no son tan atractivos como los esperaban, pues siempre la tentación les inclinará al camino fácil. Ignora dicha tentación, y sigue nutriendo tu pensamiento. 

Juan Diego Fernández Lebrún


martes, 30 de julio de 2013

La Vinotinto, un asunto de Estado.


Recuerdo que a pocos meses de asumir su cargo como seleccionador nacional, Richard Páez solía bramar ante los medios de comunicación con una petición inusual: quería una reunión con el Presidente de la República, es decir, con el mismísimo Hugo Chávez. Y a quien lo interpelaba procurando conocer los motivos de esa peculiar entrevista, le espetaba siempre la misma respuesta: “Es que el fútbol en nuestra época es un asunto de Estado”. Por aquel entonces –principios del nuevo milenio- nadie imaginaba que el exfutbolista y médico traumatólogo iba a ser el artífice de un boom sin precedentes en la historia de nuestro fútbol y que todos los políticos, como suelen atribuirle a Mahoma, ya no esperarían que la montaña acudiera a ellos, sino que ellos mismos irían a la montaña. La montaña, en este caso, vestía de vinotinto y gracias a una serie de victorias resonantes contra otros seleccionados de la Conmebol se había convertido en una cumbre apetecible por nuestros más connotados alpinistas. Por obra de Páez y sus “lanceros”, empezó a difuminarse una larga historia de fracasos y humillaciones en el deporte más popular del mundo, acaso sintetizadas en la escueta frase del recordado dirigente brasileño Joao Saldanha: “El fútbol venezolano es un chiste”.

Sin embargo, en sólo unos años, esa selección que había sido durante décadas el hazmerreír de sus adversarios devino pronto en un dolor de cabeza para sus similares en el continente: en las eliminatorias del mundial Corea-Japón (2002), Venezuela derrotó de manera convincente y con una sólida propuesta futbolística a Uruguay, Chile (primera victoria como visitante), Perú y Paraguay. Y en el año 2004 obtuvo, quizás, su triunfo más resonante hasta la fecha: el 0-3 en Montevideo pasaría a ser recordado en la historia de estas competiciones como “El centenariazo”, en clara alusión a la célebre victoria de los uruguayos en el Maracaná durante la Copa del Mundo de 1950.

Pero haber puesto fin a la cadena de reveses no fue el mayor de los logros de esa oncena vinotinto. En un país agobiado por una severa polarización política, la selección nacional se convirtió en uno de los pocos referentes unitarios indiscutibles. Y cada uno de los intentos de querer llevar esa crispación al seno de nuestro combinado ha fracasado hasta ahora. A diferencia de otros símbolos y señas de identidad que aluden a parcialidades políticas, llevar la franela vinotinto es sinónimo de consenso, de armonía y de sentido de pertenencia hacia una causa que, sabemos, nos trasciende desde el punto de vista individual y cuenta aún con la fortuna de no ser juzgada con recelo por ninguno de nuestros coterráneos.

Después del primer boom vinotinto y, sobre todo, tras la Copa América de 2011 (que inició un segundo boom) se hicieron patentes, sin embargo, un par de demonios que la vinotinto y sus seguidores deberán tratar de exorcizar a toda costa. El primero es el triunfalismo, sin duda una actitud nefasta no digamos en el deporte sino en cualquier tipo de contienda: creerse ganador antes de tiempo –dice un amigo mío- no es sólo hacer frente a la desilusión como le sucede al optimista, sino también exponerse al ridículo. Esperar lo mejor y prepararse para lo peor sigue siendo un consejo válido en este tipo de escenarios. El otro es el nacionalismo exacerbado: ningún juego de fútbol puede servir como pretexto para incubar sentimientos de odio hacia otro país, o para dar cobijo al insulto procaz (este último casi siempre guarecido en el anonimato que proveen las redes sociales) hacia los seguidores del rival de turno. Esto no significa que no tengamos que hacernos respetar cuando se nos ofenda desde la acera contraria: es dable esperar que cada Faitelson encuentre su Richard Méndez que le calle la boca y cada Ortigoza un Miku que le dé su coñazo…

El gran Jorge Valdano acuñó alguna vez una frase que siempre es traída a colación por los “filósofos” del balompié: El fútbol es un estado de ánimo. En cierto modo, la cita es también oportuna cuando se quiere hablar de la identidad de un país. ¿Cómo pasar de una mentalidad perdedora a otra victoriosa? ¿Cómo vencer los atávicos complejos de inferioridad que sentimos al rivalizar, en cualquier terreno, con alguna gran potencia que nos ha doblegado históricamente? ¿Cómo mantener la unión de un grupo y hacer que éste prevalezca sobre las diferencias y los intereses individuales? Son preguntas que, a pesar de algunos tropiezos, la vinotinto ha podido responder con acierto. Le resta a la sociedad venezolana, y especialmente a sus élites dirigentes hacer lo propio.

 Después de todo: ¿No sería ése el verdadero “asunto de estado” del que hablaba Richard?

Jesús Suárez

lunes, 29 de julio de 2013

El blues: hablan los sentimientos.


Hablar del blues, una de las principales ramas de la música, es hablar de la melancolía y la tristeza; sentimientos que pueden degustarse a través de los hechizantes sonidos de tal género musical: los “glisses” (acción de golpear las notas suavemente) y una sonoridad melosa pero a la vez distorsionada, que nos sumerge en una secuencia progresiva de notas en las que, por medio de las séptimas, se resuelve en tranquilidad y sentimiento.