martes, 18 de diciembre de 2012

Homenaje a Tolstoi

Cortesía: Google.

Cuando hace siete años cerré la última página de Guerra y Paz, pensé que por fin había logrado concluir algo en mi vida. "En este libro", me decía, "has leído cualquier libro posible". Y es que allí se daba todo: la ironía; la visión que Dios puede tener del mundo contenida en ese narrador que lo sabe todo de los movimientos externos del mundo y de las inquietudes interiores de sus componentes; el valor infinito de un personaje al que el autor no dedica más de ocho líneas en ese millar y medio de páginas apretadas y que con pocos adjetivos y el contenido de una frase descubre toda su dignidad; la belleza de Natasha, que no es perfecta, que con el tiempo se marchita para convertirse en una mujer de mediana edad y caderas anchas que más tarde dormirá en el río inmenso de la Historia; etc. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

Recuerdos de Bilbao



Golpeteo de lluvia en el patio interior: un tamborilero percute sin pausa los bancos de plástico barato y blanco colocados junto a la fuente. En el cielo la paleta de grises vomita rutina, cubre de sombras, no despereza el sueño, y en ella parece que todo se repite (las jornadas largas, los momentos tristes, las despedidas en las estaciones, los besos robados). La calle resta medio vacía, sin transeúntes atrevidos cubiertos por capas de plástico; sin conciertos de paraguas que se dan la vuelta por el aire y son acompañados por los ayes y las risas de quienes van quedando expuestos (a veces el contratiempo invita a eso, a la broma, como si casi todo lo que compone la trama de la vida perteneciera al género bufo). A las nueve de la mañana el estallido inesperado de un trueno solitario pone a la ciudad en pie: ha sido tan recio que en la memoria de muchos se han dibujado los tiempos de las bombas en Bilbao. Yo, entre tanto, sigo con el cansancio profundo que sucede a la mononucleosis: cada fibra muscular, la totalidad de las neuronas, el alma que habita en los huesos, no me hablan más que de fatiga. Y desde mi butaca, en esa habitación del piso bajo del patio interior donde el jinete de la lluvia 'viene tocando el tambor del llano' (Lorca), disfruto en mi detenida existencia de penumbra.

J. Aranguren

POEMARIO




Para Greis...


Mi Dios me ha creado
Mi Dios me ilumina si es su voluntad
Estoy encadenado por la médula a su palabra
…
Vaya  juego estratégico que hacen la cama y tu figura
de vez en cuando me tomas de la mano
Cariñosa, cuando hago el amago de levantarme
y caigo de nuevo a tu cuello
y sigo y sigo no sé cuantas veces
aleteando, como polluelo que se ahoga en el letargo
y la vida se me va entre tus sonrisas
tomo la copa, te la derramo en la cara
enciendo los inciensos más caros y los pongo en cada lugar de la casa por donde tu pases
toco el arpa que nunca aprendí hasta dejar las uñas
y toco con los huesos
canto súplicas, digo llorando
¿siempre he estado llorando?
que suspires a mi costado
que suspires para que se me termine de quebrar el pecho
tomes tu parte y  hagas por fin lo que tienes que hacer
pero sonríes
y de nuevo el sol rojo marcado en la frente
…
En la misma piedra
en la misma orilla
sobre la misma ola
Tengo un perro que habla de silencio
a veces me cuesta un poco de trabajo entenderle
pero nada que sea muy raro
él sabe cómo hacer su trabajo
antes de que la eternidad se pariera
él saltaba y ladraba, y chorreaba la saliva que nunca salía de su boca
porque caía hacia la nada
y yo pensé, que complicado todo esto
y él me dijo      nada
no gesticuló, pero eso me dijo
a veces lo entiendo
para qué proferir palabra
todas la eternidades y las abuelas de la eternidades
están diciendo
ya no habrá más nada que decir
seguro ni qué pensar
ni qué apuntar con el dedo
ni nada que impresione
ni nada que alarme
ni nada que valga la pena responder
ni tocar, ni oír, ni saborear
si quiera la nada digo ya debería ser posible
por eso calla
cierra los ojos
se traga la lengua
escupe la piel y los huesos
se apaga el alma y desaparece de mi mente y mis recuerdos
para la eternidad siempre.
Jesús Mantilla

domingo, 14 de octubre de 2012

El Quincunce de Charles Palliser



"En la gran tradición de Dickens , con el
genio juguetón de la más intrincada y
brillante trama policíaca, he aquí una
novela inmensa cuyo planteamiento es a la
vez un desafío para la inteligencia del lector
y una puesta a prueba no sólo de su propio
ingenio sino de su fuerza de voluntad:
nadie, que se sepa, ha logrado interrumpir
la lectura de este inaudito éxito
internacional -cualquiera sea la lengua en
que lo haya intentado. El Quincunce , de
Charles Palliser , en sus 1200 páginas y sus
cinco partes, a saber:
La herencia
Los aledaños del infierno
El destino de Mary
La clave perdida
El secreto de las cinco rosas
constituye un prodigioso tour-de-force
narrativo en el cual el autor, mediante el
rigor de las matemáticas, los intringulis del
derecho ingles del siglo pasado y su
asombroso conocimiento de la sociedad
inglesa de entonces y de la naturaleza
humana de siempre, invierte los términos
de la clásica novela victoriana para dar
cabida al universo socioético de hoy. En
este vasto lienzo literario surgen, con
insoportable vividez, las terribles realidades
de una sociedad profundamente injusta -
tanto en los albores de la revolución
industrial, que es cuando tiene lugar la
historia, como hoy en día, que es cuando,
irresistible, se ofrece a nuestra atónita
lectura"

Jaime Sobejano

domingo, 7 de octubre de 2012

Escritor sin enredos



Días de gripe y fiebre. Hoy es el 5°, y tras doce horas de cama sigo con fiebre. La rebelión del cuerpo contra el espíritu vence la mano: apenas he leído en estas jornadas, y queda la sensación vana de que no han servido de nada. En los escasos momentos de lucidez avanzo en la lectura de Nicolás Gómez Dávila, un exquisito y adinerado colombiano que dedicó su vida a su propia educación, viviendo entre miles de libros, devorando páginas, fumando puros y escribiendo pensamientos de apenas una línea de longitud (si la posibilidad de escritura le hubiera acercado al cero, seguro que la habría aprovechado). Escritor de aforismo, cualquiera lo trataría como un Niezsche del 'realismo mágico'. Pero resultaría tal un juicio apresurado: aristócrata, ironista, aburrido de la mediocridad propia del pensamiento moderno y de la democracia, pero también profundamente católico, y con una ortodoxia que a más de un 'reformador' de salón le pondría nervioso. Y es que no hay duda de que Gómez Dávila dice breve, pero siempre con invitaciones al asombro. Franco Volpi prologa con maestría el volumen de Atalanta titulado 'Escolios a un texto implícito' (Girona, 2009, 1407 pp.). Te acerco algunos ejemplos de los textos de las primeras 140 hojas:


- Negarse a admirar es la marca de la bestia.

- Todo es trivial si el universo no está comprometido en una aventura metafísica.

- Ni la religión se originó en la urgencia de la solidaridad social, ni las catedrales fueron construidas para fomentar el turismo.

- Las ideas confusas y los estanques turbios parecen profundos.

- El antagonismo radical entre los hombres se delata en la manera como unos, al hablar del placer, despegan hacia la metafísica y los otros hacia la fisiología.

- El alma crece hacia adentro.

- No vale la pena escuchar a quien no pueda prometer un presente eterno.

- Los críticos patriotas se inventan genios de la literatura pobres. Nada daña más el gusto que el patriotismo.

- El hastío no es fruto de la posesión prolongada, sino del contacto fugaz con mil objetos.

- Rechazar todo lo que el mundo actual predica sería presuntuoso, si desde los hexámetros de Homero hasta los últimos versos de Yeats toda la literatura de Occidente ni predicara lo contrario.

- Ser joven es temer que nos crean estúpidos. Madurar es temer serlo.

- El prestigio de la libertad en esta sociedad que profesa un determinismo científico es un regazo cristiano.

- La tiranía de un individuo es preferible al despotismo de la ley, porque el tirano es vulnerable y la ley incorpórea.

- No hablo de Dios para convertir a nadie, sino porque es el único tema del que vale la pena hablar.

Y sigue, y sigue, y sigue: un hombre rico, desde su casa biblioteca, poniéndose el mundo por montera mientras canta verdades y no le importan ni su publicación, ni su índice de impacto: paidea, aristós, areté, las tres grandes palabras realizadas en uno solo.

Ahora, a continuar durmiendo.



Javier Aranguren


jueves, 27 de septiembre de 2012

Indiferencia y soledad.




Leyendo hoy el capítulo segundo de Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoyevsky, me llamó la atención un personaje, Piotr Petróvich Luchin (prometido de la hermana del protagonista, Raskólnikov). Postulaba, ante este último y dos compañeros suyos, que la mejor manera de contribuir con el crecimiento económico y moral de la sociedad, era preocuparse por uno mismo; decía que solo encerrándose en el mundo de los propios intereses podía uno ser útil a la comunidad. Al leer esto me asaltó un pensamiento: el hombre que se propone estar solo, se vuelve menos humano.

Una sociedad basada en el egoísmo me resulta vacía. El hecho de que se conciba que el amarse a uno sobre todo lo demás; el buscar ante todo el interés personal; en una palabra, el encierro en uno mismo, pueda llevar a un desarrollo saludable individual y colectivo, es indicio claro de que se ha perdido el verdadero sentido de la donación personal.

Ya se han visto muchos casos, y se ha escrito suficiente, acerca de lo que significa y conlleva la despreocupación en cuanto al propio entorno social –aunque esté disfrazada de ese “quiero ayudar a los demás así”–. En resumen, la persona                 –esté en la situación que esté– que se aísla, pierde poco a poco la sensibilidad hacia lo ajeno, la capacidad de identificación con el sufrimiento de los demás, y, finalmente, termina por transformarse en un elemento solitario dentro de una maquinaria que debe operar como un conjunto de partes que conforman un todo sensible.

Sal a la calle y podrás verlo: cómo aquel peatón suelta sin querer algo en medio de la calle y nadie se detiene a ayudarlo; cómo aquel conductor pasa por el hombrillo de la autopista mientras otros hacen la cola; cómo aquel anciano va de pie en el autobús y nadie le ofrece su asiento… Todas son manifestaciones de la misma enfermedad, con la que estamos ya familiarizados. Que existe una indolencia que acaba con la solidaridad, lo comprobamos con angustia día tras día. Y a la luz de éstas afirmaciones es necesario preguntarnos: ¿Es justificable la propuesta de Luchin, de actuar siempre por propio interés? ¿No es acaso esto egoísta?

Recuerdo el disgusto que me produjo el escenario de La Metamorfosis de Franz Kafka –no pretendo profundizar en su contenido sino en la situación que presenta–. Aún puedo imaginar con tristeza cómo Gregorio (o eso en lo que se convierte) se retuerce en la desidia de su habitación inmunda; adolorido, hambriento; su padre lo aborrece, su madre siente repugnancia hacia él. Su hermana, la única que se ocupa de él, ya ni siquiera se interesa por saber cuáles son las comidas que disfruta; o si prefiere los muebles en tal o cual posición –¡su propia hermana!–. Intenta comunicarse, pero en vez de palabras emite chillidos intolerables a los oídos de los demás… De su propia familia…  Al final, eso termina siendo quien se quita a sí mismo la oportunidad del trato afectuoso, un insecto, incapaz de comunicarse. Porque el ser humano es más que realizar funciones básicas; comprende más que todo el trato con personas que comparten nuestra misma naturaleza. Y en esto le tomo la palabra a Savater, en que el hombre se humaniza humanizando, con el trato.

Por fuerza debemos –nos lo exige esa nuestra naturaleza de animal social, como dijo Aristóteles– esforzarnos por salir de nuestra burbuja. Si bien la mayor parte de las cosas que suceden a otros –sean buenas o malas– no tienen nada que ver con nosotros, basta muchas veces con una palabra, un brevísimo gesto, para hacer sentir mejor a ese que está al lado. No se le pide a nadie que sea voluntario en Haití, ni que se una a la Cruz Roja, ni que se vaya a misionar en África (aunque todo esto sería estupendo). Lo necesario no es un gran esfuerzo, un paso gigante. Conviene más ese pequeño y brevísimo gesto, que, a diario, y en conjunto, se vuelve magno.  

Cuando se empieza a examinar a fondo –aunque sea un poco– eso que nos parece el bien propio, nos damos cuenta del sentido de la verdadera amistad y de la caridad. Porque entendemos que ese bien, que creíamos ver sólo en nosotros, se encuentra en la donación personal que mencionábamos al principio. Y de pronto encontramos tanta gratificación cuanto más salgamos de la burbuja. Claro que se va lento, como una tortuga sacando la cabeza del caparazón para ver si no hay peligro.
Antes sería difícil imaginar gratificante esperar en la cola, ceder el puesto en el autobús; pero ahora que podemos entender todo esto mas allá del sencillo deber de hacerlo, que se nos enseña desde niños, reconocemos en cualquier acto por el estilo, por pequeño que sea, un verdadero bien, para nosotros y para el colectivo. Y podríamos hasta llegar a comprender cómo, voluntariamente, nuestras madres decidieron llevarnos nueve meses dentro de ellas (un desentendido, como quizás lo éramos tú y yo, pensaría: ¡Qué fastidio todo aquello! ¡Qué locura!).

Sólo reconociendo el bien propio en el común a todos, y, en especial, en ese que generalmente tenemos más cerca, veremos la luz de una verdadera sociedad que, basada en la amistad y en el amor, se alzará sobre cualquiera que pretenda hacer ver al hombre como un elemento aislado y solitario desde su concepción.



Diego García.