martes, 29 de septiembre de 2015

A los jóvenes venezolanos

Al fin me tomo un momento para escribir unas líneas. La situación no anda nada fácil y poco da la cabeza para sentarse a escribir una carta, pero ¿cómo no hacerlo?... ¿cómo no, cuando siento el deber de materializar estos pensamientos?

Cuando todo parece estar perdido, cuando unos han ido de fiesta en fiesta mientras el país entero se ha venido abajo, mientras la crisis aumenta día a día, mientras los padres no encuentran cómo hacer para mantener a su familia, mientras las madres temen por sus hijos que pueden perder la vida como animales y los niños lloran porque los problemas que afectan a su país ya los sienten suyos… Esa nueva generación de la que formamos parte, ahora fuerte y joven luego de quince años, y harta ya de tanta mentira, se confirma, desde el momento en que nace, en ese mismo suelo, y exclama por mandato divino con la más pura inocencia: ¡ésta es nuestra tierra y aquí construiremos!

Esos mismos niños, que somos nosotros ahora, cansados desde pequeños de la desgracia de no tener una Venezuela justa y libre, ahora salimos a la calle, desconectamos las cornetas del banquete que se dan unos cuantos, reclamamos nuestros derechos, pero, sobre todo, exigimos la devolución de nuestra tierra... Volvemos a aquel momento de nacer, olvidándonos de nosotros mismos, y nos consagramos a un sólo propósito: hacer de esta tierra, la nuestra, una tierra grande, que nos pertenezca a todos los venezolanos.

Lo más increíble de ese renacer, de ese volver a reafirmar lo nuestro, es cómo, en tantos problemas, los jóvenes nos hemos olvidado de nosotros mismos para darnos a nuestro país. Para nosotros ya no somos los mismos, ya no somos nuestras preocupaciones; los jóvenes nos hemos convertido en el sentir de todo el pueblo venezolano que reclama desde lo más profundo de su ser la tierra que otros profanan y despilfarran sin sentir nada, sin querer nada… ¡nada!... sólo satisfacer sus intereses y deseos de vanidad. Nuestro suelo limpio, nuestra tierra bella, manchada de llanto, sangre y mentiras espera renacer con la fuerza de esta juventud que no se rendirá hasta encontrar lo que en años de supuesta democracia no hemos conseguido: ¡La Patria Buena!

Te escribo estas líneas, joven venezolano, para decirte que la lucha no es sólo ahora, la lucha es siempre. Te digo que el país necesita hombres bien formados, hombres de virtud, que luchemos constantemente por el bien, para que el resultado que una lucha como ésta pueda conseguir siga teniendo fruto por el resto de nuestros días. Unos murieron por Venezuela y siguen aquí, debajo de la tierra, y nosotros, que nos queda tanto por hacer, en su nombre y en nombre de todos los caídos, nos toca dar la vida por Venezuela VIVIENDO por ella, siendo partícipes de la construcción de lo mucho que queda por hacer. 

Es aquello, esa generosidad, esa entrega y compromiso que puede caracterizar tan poco a los jóvenes en este mundo moderno, lo que nos pide nuestra tierra, lo que nosotros hemos aceptado y lo que nos hace seguir luchando por un mejor país, no sólo ahora sino ¡siempre!

Pues es aquí, en los momentos de crisis, en los momentos malos, cuando se demuestra el verdadero cariño hacia alguien; y ahora, más que nunca, ese alguien llamada Venezuela se encuentra orgullosa de sus hijos, orgullosa del futuro, y orgullosa de unos jóvenes que están convencidos en FORMARSE COMO HOMBRES DE BIEN Y EN LUCHAR SIEMPRE POR LA VERDAD para ¡finalmente! sacar al país ¡pa´lante!


Sin más nada que decir y dispuesto a construir una mejor Venezuela me despido,


Gabriel Capriles.

Atrapado entre Guarimbas

Todo comenzó la tarde del día de ayer, cuando un hombre ya mayor se montó en el muro de su casa a defender su propiedad hasta la muerte. Con fusil en mano evitaba que guardias allanaran su hogar, pues no estaba de acuerdo con la autoridad del Gobierno que había ordenado su detención por ser la mente maestra de la muerte de un motorizado, degollado por un mecate en la Rómulo Gallegos.

Comía en el restaurante chino de Alto Prado cuando cientos de rumores me llegaban por el celular y por las voces de la gente que comía a mi alrededor “Está a punto de disparar, dice que si llegan a entrar a la casa comienza a matar” “Ha mostrado una foto con toda sus armas, este tipo es un loco pero me parece bien que se defienda” “Dice que no se entregará a un régimen asesino; dice que ayuden a su familia a salir de la casa porque él de ahí sale muerto”

Entre rumores, unos más falsos que otros, mi padre aseguraba con toda certeza que allí no estaba pasando nada. Que ya los miembros de la DIM y de la Guardia Nacional se habían marchado, que todo andaba con normalidad. Así que salí del restaurante chino, me monté en mi carro y fui  hacia mi casa, ubicada un poco más abajo de la residencia de los Vivas.

En el camino todo circulaba con tranquilidad, hasta llegar a la calle en frente de Galerías Prados del Este donde se comenzó a sentir el ambiente guarimbero: decenas de personas llevando neveras, palmeras.., para formar una barricada capaz de evitar el paso de los guardias y la posible detención del viejo general que algunos aún tildan de sollado. Decidí acercarme a tomar fotos… para saciar la inquietud de todo comunicador por informar.

Me metí entre guarimbas. Con apenas pasar mi carro y darme cuenta que los manifestantes estaban trancando para los dos sentidos de la Av. El Paseo, tuve que esperar un buen rato hasta lograr pasar. Palmeras quemadas, neveras y otros desechos, fue lo que entonces ardía en la guarimba que construían los jóvenes y algunas Doñas, de esas que no se cansan, para proteger al General. Otros hombres cargaban el tronco de un árbol, que a diferencia de los gochos que trataban de imitar, empujaban con la ayuda de un carro.


…Aún sigo trancado entre guarimbas, entre dos guarimbas “sinceras” que resguardan la seguridad del General y a mí no me dejan salir de mi casa para ir a trabajar por un mejor país o a acompañar las manifestaciones pacíficas con sentido que ahora los estudiantes han propuesto en su agenda. Mientras, también, toda Caracas trancan las calles. El lado este, claro, el oeste anda trabajando… ¿y esas guarimbas en Caracas de este lado pa´que?... para permitir la simple manifestación de un pueblo espontáneo que no le da tiempo para usar su cabeza en algo más inteligente; que estorba la unión, en vez de construir algo que busque unir a todos los venezolanos. 


Gabriel Capriles

Un extraño estilo de vida



“El hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado”
El Viejo y el Mar. Ernest Hemingway.

El de Santiago, personaje del Viejo y el Mar de Ernest Hemingway, es un estilo de vida humilde. Vive bajo un techo que lo cubre de la lluvia y se encuentra rodeado de los elementos imprescindibles para vivir. En un rincón apartado de su casa apila unos cuantos periódicos, con los que suele llenar su cabeza. Cerca de ahí una cocinilla de carbón da la espalda a una mesa y a una silla donde  el viejo se sienta a llenar su estómago. Frente a una sobria cama, colgado de la pared, hay dos cuadros: uno de la Virgen del Cobre y otro del Sagrado Corazón, a los que reza, muy de vez en cuando, para obtener una buena pesca; y al lado de estos una fotografía de su difunta esposa –claro que no muerta en la foto- que mira de vez en cuando para añorar lo que en el pueblo llaman amor.

Este pescador vive de lo imprescindible; apartado de lo innecesario que pudiera alejarlo de lo importante: de su joven amigo Manolín y del gran ideal de pescar un pez gigante.

En nuestra sociedad “moderna” del siglo XXI el hombre vive lo contrario: rodeado de lo prescindible se aparta de lo imprescindible para vivir en la estupidez. Por esto, podríamos decir, “las costumbres de vida de este tipo de hombres no tienen cabida en la época de lo poco importante”.

Nosotros, hombres modernos, nos hemos apartado de los grandes ideales. Nos hemos quedado en querer disponer de todo cuanto vemos, sin saber por qué y para qué…. En una sociedad de metas cortas, en una vida donde todo nos viene por inercia y el sudoku ya está resuelto, muy difícilmente podremos acoger a un hombre como Santiago, que dispone de su tiempo, de su vida, para alcanzar metas altas.

Decía mi abuelo… “de lo sublime a lo ridículo hay sólo un paso” y, efectivamente, un beneficio producto del progreso, que parece sublime, termina siendo nuestra perdición. Hombres como el pescador, que disponen de su vida para alcanzar metas altas –algunos hacedores de lo que a nosotros le damos mal uso- son los que hacen falta para seguir acrecentando y mejorando el legado que dejaron nuestros grandes antepasados. Hacen falta hombres como Santiago que vivan de lo importante para proponerse alcanzar lo que vale la pena.

Por ahora, en nuestras costumbres, parece imposible este estilo de vida; pero de este estilo de vida -¡fuera lo innecesario!- dependerá la salvación de una sociedad que, sumergida en mil cosas (medios de comunicación, tecnología…), ahora se encuentra hermética, con la mente tapada para ir a pescar grandes peces. Sólo unos pocos hombres, dispuestos a cambiarse a sí mismos para cambiar las cosas, podrán sacarnos de la estupidez para juntos voltear la mirada a lo importante.

Gabriel Capriles


A favor de la vida lenta


“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo al que me lo pregunta, no lo sé.” 
(San Agustín)

En un mundo donde todo va de prisa, donde la información se multiplica por segundo, donde las colas nos quitan parte de la vida y la tentación de perder nuestro tiempo acudiendo al “encantador” mundo paralelo resulta cada vez mayor, para nosotros, los jóvenes, todo se nos puede presentar efímero, infructuoso. Nos sentimos agobiados. Llegamos a casa luego de la Universidad y no queremos más que dormir. Sentimos que el tiempo se nos escapa entre las manos y con éste, todo lo que nuestra juventud tiene por conocer y ofrecer.

Para esta enfermedad que podríamos llamar “el mal del tiempo” conseguí un buen remedio: un libro, que además de ser muy útil –debo decirlo- es bastante corto. Escrito por Rafael Tomás Caldera, como su nombre lo indica “El Uso del Tiempo” trata este tema siempre vigente que a muchos nos preocupa. Allí encontré una serie de consejos que nos ayudarán para la vida entera; pero, sobre todo, para este momento que atravesamos, el más provechoso, exigente y –por qué no- el más entretenido.

Ante tanto movimiento, ante tanta tontería, ante el tormento de una sociedad fugaz que facilita que los años se nos escurran entre los pasos, debemos detenernos un instante, pensarnos bien las cosas, vivir lentamente. No de esa manera en que los tontos andan perdidos por la vida, sino de aquella otra en que la paciencia, la constancia, las cosas bien hechas forman a los grandes hombres.

Para que el tiempo nos favorezca hay que Dedicarle tiempo al uso del tiempo, hacer un plan en el que podamos organizar las cosas que haremos durante el día, jerarquizándolas según su importancia. Para ello –para saber qué debe ir primero- debemos tomar en cuenta una verdad: que vamos a morir, que en esta vida estamos de paso. Por eso es que preguntarnos por qué y para qué estamos aquí en la tierra no es capricho de filósofos. Así las cosas que hagamos tendrán mayor peso y nuestra forma de vivirlas será más intensa,  ya que el bien que resulte –con nuestro tiempo- adquirirá un sentido más profundo y pleno.

Dándole un valor objetivo a las cosas, haciendo lo que tenemos que hacer con cariño, podremos vivir nuestro tiempo. Debemos hacer uso de éste creciendo para adentro, no sólo dejando un resultado externo sino también interno, en  nosotros.

Uno de los grandes peligros que corremos en la vida universitaria es la desmesura: proponernos cientos de propósitos que jamás cumplimos. Para evitar esto debemos ir a lo importante, a lo que debamos hacer. Una cosa primero, otra después -nos dice Caldera- y a hacerlas bien.

Aquí viene otro consejo importante, que en la costumbre de los jóvenes por postergar nos viene de maravilla, me refiero a ese Fijar plazos… asignarle a nuestras metas una fecha tope en la que deban culminar: bien hechas –claro está- y bien vividas.  A veces resulta difícil fijarlos, todos lo sabemos, pero para eso Caldera da en el clavo citando a Toynbee: “…lo que hay que hacer para hoy se hace ahora, ahora o nunca”. Mientras nos ocupemos cuando debamos ¡ahora o nunca!, nos sentemos durante el rato en que tengamos que estudiar o hacer un trabajo, con apertura, sin urgencia, concentrados, ¡hasta llegar a tomarle gusto!… no perderemos el tiempo que deseamos dedicarle a lo que más queremos. Pasando luego a esta entrega de descanso y provecho. Invirtiendo tiempo en lo que más nos gusta y en la gente que más queremos, ahora con alegría y serenidad.

Con la constancia se nos propone otro consejo: apresúrate lentamente… “Despacito y buena letra/ el hacer las cosas bien/ importa más que el hacerlas” (Antonio Machado)… Hacer de esa tarea, de ese trabajo en el que estamos ocupados, algo nuestro; en el que pongamos el mayor empeño no sólo de que quede bien sino de que ese deber nos ayude a ser mejores. Y ese crecimiento, nos dice Caldera, nos hará hombres virtuosos que, para colmo, gozarán de más tiempo “Nuestro tiempo es capaz de abarcar más cosas a medida que lo vamos llenando”… pues, como lo demuestra la paradoja: “sólo tienen tiempo los que están ocupados”

Por aquí llegamos a las partes más importantes del librito… “El secreto está en la diligencia, en el querer. Vivir a fondo, con generosidad”… El querer, estar dispuestos a ser mejores, a vivir a fondo y no conformarnos con la superficie. La entrega, ese dar nuestro tiempo a los demás; ese empeño por ser mejores y jalar a otros con nuestro ejemplo a seguir el mismo camino, será posible si somos pacientes y constantes… “Demos tiempo al tiempo/para que el vaso rebose/hay que llenarlo primero” (Antonio Machado)

Caldera nos recuerda que vamos a morir: “conscientes de la brevedad de la vida sabremos ir a lo esencial”… no desperdiciaremos nuestro tiempo en lo innecesario, sabremos ir a lo que vale la pena… Y, por último, nos dice algo que jamás debemos olvidar: “Y este es el último secreto, la clave de todo: Amar”


…Invito pues a todos los jóvenes inquietos por el pasar del tiempo que se detengan un momento, que acudan a este librito que en pocas páginas nos hace ver las cosas de manera distinta. Nos ayuda a crecer, a querer lo que hacemos y a orientar nuestros quehaceres universitarios, nuestra sed de saber, hacia el bien de los demás y hacia ese fin último que es Dios –nuestra felicidad- ¡Mucho que pedir en tanta brevedad!...  Definitivamente ¡vale nuestro tiempo!


Gabriel Capriles

¿Por qué leer los clásicos?


“6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir” (Italo Calvino, ¿Por qué leer los clásicos?)

Quizás la manera más adecuada para definir qué es un clásico sea dejando a la expectativa la mayoría de las cosas que el concepto abarca. A medida que uno lee estos libros va descubriendo la riqueza de cada una de sus páginas, no sólo por su valor literario, sino también por su valor humano, inmerso en un diálogo siempre abierto, que pide ser leído varias veces y que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

“… ¿Sabe por qué libros como éste son tan importantes? Porque tienen calidad. Y, ¿qué significa la palabra calidad? Para mí significa textura. Este libro tiene poros, tiene facciones. Este libro puede colocarse bajo el microscopio. A través del lente, encontraría vida, huellas del pasado en infinita profusión. Cuantos más poros, más detalles de la vida verídicamente registrados puede obtener cada hoja de papel, cuanto más literario sea. En todo caso, ésa es mi definición. Detalle revelador. Detalle reciente. Los buenos escultores tocan la vida a menudo. Los mediocres sólo pasan apresuradamente la mano por encima de ella. Los malos la violan y la dejan por inútil”. (Ray Bradbury, Farenheit 451)

¿Qué hace de las novelas de Jane Austen libros duraderos y de libros como las 50 sombras de Grey o Crepúsculo libros inevitablemente pasajeros?... La primera toca los grandes ideales del ser humano que hablan el lenguaje de lo permanente, es decir, toca la vida a menudo trascendiendo a la vida misma. La segunda no le interesa trascender, pasa apresuradamente por encima de la humanidad sino la viola y la deja por inútil, es decir: no tiene nada –o muy poco- que expresar, no tiene razón de ser… es por ello que dura poco, que no pasa a ser más que una moda. 

Recuerdo que luego de haber leído libros como Guerra y Paz y Crimen y Castigo llegué a la inevitable conclusión de que merecía una relectura, ya que ciertamente no los había disfrutado en su totalidad.

Así que me dije a mí mismo que debía volver a leer para comprender, porque libros como estos no sólo contienen una gran historia, sino que también presentan las verdades más patentes de la humanidad, que por ser verdades resultan permanentes, siempre vigentes. Son libros que, leídos las veces que uno quiera, no dejan de traer cosas nuevas… Libros que en sus páginas contienen inscrita a la humanidad entera, en una época y cultura específica. 

Esas verdades de los buenos libros se imponen ante toda crítica, al saber que inevitablemente lo verdadero resulta duradero e irremplazable. Lo contrario sucede con los libros de moda, que desechan las verdades de la humanidad, o las tratan superficialmente, para sólo entretener por un rato. 

De los clásicos podríamos decir que son libros únicos, que se mantienen en el tiempo porque van de la mano con la humanidad. De los mediocres podemos decir que son libros pasajeros, de moda, comunes, que carecen de importancia, ya que son uno más de un montón que no tienen nada que decir -o que siempre repiten lo poco que dicen-. Un escritor decía que la vida era demasiada corta para leer cualquier cosa, y que lo mejor –como Calvino también afirma- sería vivir rodeado de buenos libros que sepamos que de algo nos servirán (en los que entran los clásicos, claro está, y los nuevos descubrimientos del momento que valen la pena). 

Finalmente la pregunta “¿por qué leer los clásicos?” Viene nuevamente a colación, y Calvino responde: “La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos”… Es muy cierto, cada uno dispone de su tiempo como le parezca, pero me parece que el arte es la interpretación de lo que nuestros ojos no ven, del misterio de la humanidad, y que el hombre está llamado a leer los clásicos para conocerse a sí mismo a través de la literatura, de la palabra hecha arte. 

No leer los clásicos en el plano del entretenimiento significa negarse a admirar la belleza, como no buscar la verdad en la filosofía es negarse a encontrar nuestra razón de ser. 


Gabriel Capriles

Carta a Petronio, esteta de Roma y consejero de Nerón.



Estimado Petronio:


                Al terminar de leer Quo Vadis?, me he dado cuenta que el personaje más llamativo de la novela ha sido usted. Y se preguntará por qué…

                Quizá no hayas sido muy virtuoso ni ético, quizá no hayas tenido una vida coherente, entregada al placer y al desenfreno; quizás, simplemente, te hayas dejado llevar, en algunas ocasiones, por creencias atadas al lujo y al placer, y a la voluntad de un Emperador degenerado, Nerón, aquel hombre que no vale la pena describir. Aun así, reconociste la inutilidad de tus creencias, la perversión de la vida romana, la religión cristiana; fuiste un gran orador, supiste apreciar el arte, supiste controlar al hombre degenerado que reinaba tu ciudad hasta el último momento de tu vida, siendo ya inevitable su recapacitación.

                Antes de tu muerte escribías a tu sobrino, Marco Vinicio, unas palabras realmente sorprendentes que consistían más o menos en lo siguiente: reconozco a tu Cristo, a tu religión y creo que es la más coherente entre todas; sin embargo, como apreciador de la belleza, como gran esteta de Roma, no puedo seguir a una religión que me pida amar a los demás, a todos por igual; eso se me hace imposible, ya que la fealdad nunca podrá ser apreciada y querida ante mis ojos.

                …Se nota claramente tu aprecio hacia lo estético, hacia lo bello, y te entiendo claramente; las obras que carecen de belleza no son capaces de ser apreciadas con los ojos, pero sí con nuestra mente o nuestro corazón, como en calidad de hijos de Dios, como criaturas iguales ante el Creador. Y a esto se refería Antoine Saint- Exupery cuando decía, de boca del zorro en El Principito, que sólo se conoce con el corazón, lo esencial es invisible a la vista de los hombres.

                Te entregaste al mundo y el mundo se entregó a ti, gozaste de una gran fama y prestigio, de hermosas mujeres, de un gran lujo… Te apegaste tanto a la tierra que al conocer la verdad no supiste reaccionar, te comportaste como en aquellos festines del César, te dejaste llevar, únicamente, por lo que te ofrecía la vida terrena.

                Y aun así me sorprendo ante tu persona, la manera de concebir el mundo, de apreciarlo y relacionarlo únicamente con la belleza. Así demostrabas, antes de tu muerte, en la carta que le escribías a Nerón: puede que tolere la muerte de tu hijo y de tu esposa por tus propias manos, pero nunca te perdonaré el horrible canto que he escuchado todos estos días, la espantosa melodía que entonas constantemente; hazle un favor a Roma y al mundo y no te dediques a la poesía, dedícate a los actos despiadados en el que un hombre, enfermo como tú, son expertos.

                Claro está que la belleza no es tan sólo externa, fue algo que no supiste reconocer… O quizá me equivocó… ¡Pomponia! la madre adoptiva de Ligia y esposa de Aulo; a pesar de su vejez le apreciabas por su belleza, belleza que causaba la vida virtuosa que llevaba… es decir, también pudiste reconocer la belleza interna, pudiste percibir que la belleza no sólo se limitaba a lo externo, a lo material; sino también a lo interno y a lo espiritual.

                En conclusión, aquella vida de esteta, buscó reconocer la verdadera belleza, ¡casi lo lograste Petronio! ¡De hecho lo hiciste!, pero no la tomaste, como sí a la bella Eunice quien te fue fiel hasta tu trágica muerte.

Mis más cordiales saludos,

 Gabriel Capriles.

Entre protagonistas y antagonistas

La relación entre Elizabeth Bennet y Mr. Darcy buscan ser antagónicos a sus mismos propósitos. El mundo exterior a su complicada relación les creará obstáculos para llevarla a cabo, pero los prejuicios de Elizabeth y el orgullo de Darsy formarán un muro mucho más grande que el creado por sus hermanas Lydia y Jane con sus respectivas parejas: El Sr. Wickham y el Sr. Bingley.

Pero no todo se limita a estos personajes. La pobre Mary será una dama poco agraciado y casi fantasmal en la novela, así también como interesante, con su encerrado mundo intelectual. La ridícula Katya será un vano reflejo de su hermana Lydia (aunque con la fuga de ésta muestre cierta madurez). El señor Collins, primo de la familia, será motivo de burla por el poco sentido de coherencia que guarda su personalidad. La amiga de Elizabeth, Charlotte, nos muestra la perspectiva de una relación por deber, mas no por amor, con el señor Collins.

Los señores Bennet, una interesante y poco común pareja, serán los padres de hijas en busca de esposo. Ella es una mujer inquieta, con el simple propósito de hacer lucir a sus hijas y buscarle marido (quizás ésta la causa de la personalidad de sus dos hijas menores). Él,  un hombre sencillo, culto, prudente y tranquilo, se desprende de las banalidades de la vida; prefiere encerrarse en su biblioteca con miles de libro que leer. Quizás esta peculiar personalidad contenga muchos rasgos de Elizabeth y Jane, pero su poca elegancia lo hará más similar a su hija Mary.

Personajes nobles tales como la hermana del Sr. Bingley y la adinerada Catherine de Bourgh vendrán a ser quizás una burla a la frivolidad y superficialidad de la alta sociedad. Su hija enfermiza, prima de Darsy, cumplirá, al parecer, el mismo papel de la pobre Mary: transmitir lástima.

La sociedad victoriana será retratada a la perfección; dándonos un panorama social de la clase aristócrata notablemente superficial; y de la clase burguesa, en cierto modo acomodada, con el principal propósito de buscar fortuna. Pero los sentimientos y la psicología de cada uno de los personajes, más que todo de Elizabeth y Darcy, creados por Austen, se antepondrán al contexto y a cualquier otro aspecto de la historia.

Todo un atractivo panorama para una historia necesariamente romántica donde el sentimiento se expone en la psicología de sus personajes de manera grandiosa y, a veces, un poco jocosa. Si muchos dicen que una mujer puede disfrutar este libro, puedo afirmar, ahora que lo he leído, que un hombre puede disfrutarlo también y quién sabe si aún más. Sólo nos queda a nosotros, hombres lectores, desvanecer nuestros prejuicios sobre Jane Austen para poder adentrarnos en el mundo de una indiscutible obra maestra de la literatura. 


Gabriel Capriles